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viernes, 27 de julio de 2012

El «estado de las autonomías»: la credibilidad de un país.

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En la situación crítica que estamos viviendo, uno de los puntos de fijación de unos y otros son las autonomías. Es redundante y constante la referencia al despilfarro, al choriceo, a las prácticas abusivas o directamente criminales –varios ex–presidentes han pasado por prisión, a estas alturas-, al descontrol… Y esas referencias continuas no solo son internas sino que también externas. En realidad, han tenido que ser la Unión Europea y los «mercados» los que nos han obligado a poner en tela de juicio las autonomías.

                Y, naturalmente, aquí, en nuestro país, no todo el mundo piensa del mismo modo. Hay muchos, muchísimos españoles para los que el «estado de las autonomías» es tabú. Como diría Serrat, «Niño, que eso no se dice, que eso no se hace, que eso no se toca». Muchos de los que se ponen muy nerviosos con este asunto ni siquiera son nacionalistas. Algún día veremos cuál es el origen de su escándalo fariseo e interesadísimo.

                Pero lo que me interesa en este momento es hablar de la credibilidad de nuestro país como tal. Y para ello, indudablemente, la estructura que nos hemos dado en la Constitución es un asunto capital. Y no solamente esta estructura, el famoso «estado de las autonomías», sino el uso que de hemos hecho de ella.

                La credibilidad de un país es sinónimo de fiabilidad. Y un país es fiable en tanto que es responsable. Pese a lo que pueda parecer a primera vista, si bien la primera responsabilidad es siempre del gobierno de turno, un país no es solo su gobierno. Y eso lo tienen muy claro el resto de países y de instituciones internacionales. Aunque el primer interlocutor es siempre el gobierno, la visión que del país se tiene fuera no viene dada exclusivamente por este. Y, las decisiones que toman otros países, otras instituciones, los mercados y los particulares con respecto a nosotros, tienen muy en cuenta cómo «funcionan» los españoles.

                Uno de los graves problemas de fiabilidad de nuestro país es, a mi entender, la estructura autonómica del estado. Y no solo por los usos y abusos que se han cometido, razón en sí misma ya muy poderosa para perder la credibilidad, por irresponsables. Sino porque un país con semejante estructura es un país débil, complejo y tendente a la desunión práctica.

                Me gustaría dejar claro que no estoy hablando de los políticos de turno, ni de sus caciquismos, ni de sus choriceos, ni de sus abusos. Ese no es el tema hoy. Se trata de la estructura del estado, sin polvo ni paja. Lo que quiero decir es que la propia estructura autonómica hace las cosas muy complejas, muy incómodas, muy poco prácticas. Y favorece per se la aparición de esos políticos y otros espabilados de los que no estoy hablando aquí.

                Por ejemplo: la actividad cotidiana del país. El derecho a la sanidad pública. Hoy por hoy, un español cualquiera que viaje, no sabe a ciencia cierta si va a ser atendido o hasta qué punto, en otra autonomía. No va a ser el primero que, en esas circunstancias, se lleve sorpresas muy desagradables. Para ello, debe andar buscándose la información previamente y, después, ver qué pasa en el caso concreto. No es más que un botón de muestra.

                La mayor parte de la legislación del estado se concreta, posteriormente, en una reglamentación autonómica, con su normativa particular. En consecuencia, cualquiera que tenga que hacer algo en más de una autonomía debe estudiar despacio las particularidades legales de cada una de ellas. Con lo que, en vez de facilitar las cosas, las complica netamente: un país más complejo en el día a día.

                De otra parte, los cambios legislativos están siempre al albur de los resultados electorales cada cuatro años. Una persona o una compañía o un inversor que quiera llevar a cabo un planteamiento de carácter nacional tiene que tener muy en cuenta este asunto: lo que hoy sirve en cuatro años puede no servir. Pero, ojo, multiplicado por 17. La fiabilidad a medio plazo es, en consecuencia, muy poco estable.

                Las cuentas del país son prácticamente inabordables. Los procesos necesarios para manejar el dinero público y controlarlo en un país «autonómico» son tantos y tan complejos, que no hay forma de llevarlos al día. Al propio tiempo, el conocimiento real de las cuentas es prácticamente imposible y, en todo caso, siempre con retraso. Insisto, hablo de un estado con gobernantes ideales. Los Presupuestos Generales del Estado son el punto de partida. Pero es que, después, están los Presupuestos Generales de cada autonomía, que dependen del primero.

                No voy a seguir poniendo ejemplos. Las continuas llamadas de atención de la Unión Europea, del FMI, del Banco Central Europeo o de países como Estados Unidos o China, van mucho más allá del déficit de las cuentas autonómicas. Es que no se fían de un país estructu­rado así. De ahí la presión que ejercieron todos ellos para que el Gobierno Zapatero, con el acuerdo ineludible del Partido Popular, cambiase la Constitución en 2011. ¿Se trataba de un cambio sobre el déficit? Iba mucho más allá. Era un modo de meter en cintura una parte del estado autonómico, la más urgente en ese momento. ¿Por la irresponsabilidad de los políti­cos? Sí, en primera instancia. Pero, sobre todo, por la precariedad estructural de un estado diseñado de este modo. Si se hiciese una encuesta entre los gobiernos de la Unión Europea, entre los dirigentes del Fondo Monetario Internacional y de aquellos países que tienen intereses de carácter económico potentes en nuestro país, estoy convencido de que la mayoría no defendería nuestro «estado autonómico». Obviamente, no hay que hacer tal cosa, pero creo que alguien en el gobierno debería tener claro el hipotético resultado de la encuesta. Más que nada, para saber a qué nos enfrentamos.

                No ayuda mucho que las dichosas agencias de calificación internacionales califiquen a algunas de nuestras queridas autonomías como «basura»: pero es que, con razón o sin razón, es lo que hay, y en función de esto se toman algunas decisiones, no nos engañemos.

Imaginemos hoy, con la que está cayendo, y visto desde fuera, una España sin autonomías; sin que, por ejemplo, una de ellas pida el rescate porque ya no puede más y, al mismo tiempo, exija su propia agencia tributaria (algo que desde fuera, los que nos deben prestar la pasta, deben verlo muy fiable, muy responsable… ¿o no?). Imaginando una España así, yo me pregunto: ¿Seríamos más ágiles? ¿Tendríamos respuestas más unificadas? ¿Tendríamos una capacidad de decisión más rápida? ¿Podríamos sumar más personas y más esfuerzos a defender nuestra posición unitariamente? ¿Podríamos dar únicas respuestas? ¿Nuestra legislación sería una sola para todo el mundo, españoles y extranjeros?

En fin, que Dios nos pille confesaos.

Argako urretxindorra

viernes, 6 de julio de 2012

Cartas sobre los malos directivos (I)


Todo parecido con la realidad es pura coincidencia. Siguiendo a C. S. Lewis -que perdone la desfachatez- creo que es un estilo apropiado el de las cartas, el epistolar, para abordar los vicios de una mala dirección, de un mal gobierno. He preferido, en vez de aconsejar positivamente a mi joven amigo Carlos, ponerme en el otro lado de la barrera: cómo se ven las hazañas directivas desde el punto de vista de quien las sufre. Quizá eso le ayude a "visualizar" los efectos de sus decisiones. En definitiva, pura ficción.


Querido Carlos:

¡Qué alegría saber de ti! Sinceramente, te confieso que no te esperaba. Me alegro profundamente de tu ascenso. Creo que en eso, han acertado nuestros jefes, bueno, tus jefes. ¡Quién mejor para ocupar el que fue mi despacho! Me alegro, Carlos, de verdad.

Para mí, es un honor poder servirte de algo. Especialmente ahora que tengo tanto tiempo para desperdiciar. No creo que sea capaz de cumplir tus expectativas, la verdad, pero de fracasos y errores sé bastante. A casi todo le podemos dar la vuelta. Así que, en vez de darte consejos, cosa de la que no me siento capaz, te daré mi visión de los errores que he cometido como jefe. No es positivo pero puede ser útil.

¡Cómo pasa la vida! ¡Cuántos nos han dejado, de una u otra manera!

Llevo tres meses de júbilo –de jubilación, quiero decir- y me parece una década. No me hallo sin trabajar. La vida pasa sin remedio, sin posibilidad de vuelta atrás. Tal como llega, desaparece. Solo queda la historia, lo que hicimos. Pero eso ya no se toca, ya no se mueve.

Los cristianos tenemos, de todos modos, una especie de pequeña máquina del tiempo, Carlos. En lo que al pasado se refiere, nos queda la petición de perdón y el arrepentimiento. Es, en cierto modo, una manera de reconstruir parte de nuestra historia personal. Pero nunca he llegado a comprender hasta dónde llega la reparación, qué alcance tiene para los demás el arrepentimiento y el perdón sobre las heridas que les hemos infligido. Nos confesamos, el sacramento de la alegría, de la reconciliación, de la paz interior… 

Algunos nos acusan de que no tiene ningún valor; de que es una especie de componenda entre Dios y yo con la que alejar los remordimientos. Claro que, quienes dicen eso no entienden nada ni creen en la existencia de Dios. Pero, en pequeñísima medida, siempre me ha sucedido que, ante determinados actos míos, pecados que cometemos a partir del cuarto, que atañen no solo a Dios sino a nuestros hermanos, la reparación, la virtud de la justicia, no ha quedado satisfecha.

Supongo que en esas situaciones, tan desgraciadamente repetidas en nuestra vida, se puede acudir a Santa Teresa: «Nada te turbe, / nada te espante, / todo se pasa, / Dios no se muda; / la paciencia / todo lo alcanza; / quien a Dios tiene / nada le falta; / solo Dios basta.»

Pero creo que quien se consuele de este modo es especialmente malvado, Carlos. Porque Santa Teresa se refiere a que no nos turbe el mundo, la vida, el demonio, la maldad… Pero no quiere decir que no nos turbemos por nuestras propias acciones, por nuestros propios pecados… En definitiva, Carlos, vengo a referirme a que sin reparación verdadera no hay justicia verdadera; y sin ella, no puede haber paz ni verdadero perdón. Creo que parte del Juicio personal tiene que ver precisamente con esto: cuántas veces te has conformado con pasar por el confesonario y te has ido “en paz” sin tener que estarlo.

Bueno, disculpa estas reflexiones, que son torpe fruto del exceso de tiempo libre. ¿Sabes? Con el paso del tiempo, va despareciendo lo accidental y uno ve con más claridad. Las pasiones, la aparición en catarata de los sentimientos primeros, dan paso a las situaciones más estables, más arraigadas, más profundas. Desde que me prejubilaron, por lo que a mí se refiere, Carlos, todo aquello va dando paso, como cuando se levanta la niebla, a una realidad interior digamos… dolorosa. Se despeja la rabia, se evapora la ira, desaparecen los impulsos… y me doy cuenta de que debajo de todo ello hay una profunda humillación y una tremenda amargura. Como seguro que entiendes, ninguna de ellas soporta la alegría ni la paz interior. Por el contrario, se afanan en minar mis pensamientos, mi sueño y mi vida, en general.

No hay ofuscación en mis reflexiones; posiblemente equivocadas, pero son claras. No hay apenas sentimientos poderosos que impidan el pensamiento fluido. No. Tampoco tengo paz, como te he dicho, pero sí una terrible calma. Calma que me permite discurrir pero que no mitiga un ápice ni la humillación ni la amargura. ¡Cuántas veces resulta mejor sentir mucho que sentir poco! ¡Cuántas veces es mejor no estar lúcido! ¡Qué agónico es, a veces, ser consciente!

Tengo muchas certezas en lo que a mi nueva situación se refiere. Pero ni las busco ni las quiero. No quiero certezas, quiero la verdad. Pero esta no la tendré nunca… aquí. Las certezas, Carlos, dependen de uno mismo, acertadas o equivocadas. Pero la verdad, no. Y para acercarte un poco a ella, necesitas de otros. Si ellos se niegan a ayudarte, no te queda ninguna posibilidad.

¿Sabes? Nadie es insustituible, salvo para Dios y en el corazón de las personas que realmente nos aman, que suelen ser muchas menos de las que nos pensamos. Y, diciendo esto, siempre se nos olvida alguien: también somos insustituibles para nosotros mismos. Y esto, que es tan evidente que no nos acordamos, resulta ser una de las claves de la vida. Dios nos salva a cada uno puesto que somos únicos para Él; pero nunca lo hace sin el «permiso» de cada uno. Dios, para nuestra salvación, cuenta con cada uno de nosotros. Por eso, también somos insustituibles para nosotros mismos. Y esto es algo que me llama la atención profundamente. Me lleva a preguntarme si, en mis cincuenta y ocho años, he hecho cosas que han provocado que otros se sientan prescindibles en algún momento de su vida. Y repaso de vez en cuando mi lista y encuentro que sí, que lo he hecho. Me cuesta aceptar que no puedo justificarlo.

Una parte de mi humillación es debilidad mía, soberbia, orgullo mal nacido. Esa es la parte esperanzadora, porque es justa: la humildad que no puse en práctica merece de la humillación como consecuencia necesaria. Cuando sea más humilde, Dios lo quiera, desaparecerá. Y no pierdo la confianza.

Otra parte de mi humillación tiene que ver con el hacer de terceras personas. Y atiende a esto, Carlos, que te puede dar luces. En este último año y medio he sido testigo -y sufridor- de las pequeñas miserias humanas; pequeñas y poderosas en su daño. Esas miserias son fundamentalmente silencios, mentiras, verdades a medias, cobardías, pequeñas traiciones, premeditaciones, engaños, suposiciones, pereza, irresponsabilidades… Como ves, nada espectacular, querido Carlos… pero devastador en fin.

¡Oh, Carlos! De nuevo he pasado a hablarte de mí. Perdóname. No lo voy a hacer más. En realidad, me he aprovechado de tu carta para poder descargarme en alguien. Pero ya se acabó. ¡Fin de la historia!

Si te parece bien, mi joven amigo, te seguiré escribiendo cartas sobre los daños de una mala dirección. Espero que, en tu nueva y brillante situación, puedan servirte para sacar adelante lo mejor posible tu tarea. Pero ya sabes que esto es gratis, amigo mío. Son solo visiones de viejo con demasiado tiempo libre. Así que puedes mandar lo que no te sea útil a la papelera de reciclaje. Es el mejor sitio para ellas.

Sé bueno cuando puedas, Carlos.

Un abrazo,



Argako urretxindorra



miércoles, 13 de junio de 2012

"A España no la va a conocer ni la madre que la parió.”

(Sirva esta entradilla de pequeño desahogo satírico. Por no liarnos a mamporros, más que nada).

Hay personajes que tienen una facilidad especial para regalar a la posteridad frases lapidarias: Alfonso Guerra, por ejemplo.

Allá por 1982, en un mitin en Jerez de la Frontera, dejó aquella de “No descansaré hasta conseguir que el médico lleve alpargatas.” Pobres, creo que andan con ellas ya. O esa otra, en 1985, cuando él y sus correligionarios se cepillaron la independencia judicial: “Montesquieu ha muerto.” ¿Y qué tal esa otra, ya en 2006 –el año tiene su aquel- de "La derecha siempre ha querido un Estado residual para que los grandes grupos económicos puedan campar por sus fueros y que el Estado no pueda hacer nada." Menos mal que estaba él y sus compañeros para evitarlo, tras dieciséis años en el gobierno… ¿O no lo evitaron? ¿A ver si va a ser que…? Ay, Señor, que tengo la impresión de que…

Pero mi frase (“su” frase) preferida es: “El día que nos vayamos, a España no la va a conocer ni la madre que la parió.” Es la “rechandión”, como decía mi amigo José Luis. ¡Genial!

Pues ha habido dos días en los que los socialistas se han ido del Gobierno de España. Bueno, que los han sacado de él los votantes. Uno, en 1996, allá por marzo. El otro, en 2011, a finales de noviembre. No ha habido más. Desde que fueron elegidos por primera vez, en el 82, se han tirado en el gobierno 21 años de 30. Y no me digan que don Alfonso –es que ya es un señor mayor- no sabía de qué hablaba. La madre que parió a España, sea quien sea, ni la conoce ni creo que quiera reconocerla. Y es comprensible: al margen de la desnaturalización materno filial que implica, cualquiera admite como hija a esta España sin morirse de la vergüenza.

Supongo que el señor Guerra, en la parte alícuota que le corresponde, que es muchísima, debe estar encantado. La transformación que auguraba se ha cumplido a rajatabla. Y como él fue uno de los próceres de la patria más activo y que con más ahínco se ocupó del gobierno de este –“nuestro”- país, la satisfacción debe embargarle al ver a la hija de la madre que la parió irreconocible .

En lo que se refiere a contenido de chulos, chorizos, ladrones, imbéciles, aprovechaos, listos, prepotentes, chupópteros, descarados, trafulqueros, fulleros, mentirosos, caraduras, sinvergüenzas, inútiles, ineptos, chanchulleros, puteros, drogueros, vividores y demás dechados de perfección, no sé qué partido tiene más cantidad, de todos los que integran el político patio patrio, incluidos los que no lo integran porque no pueden pero que querrían integrarlo, por supuesto. (Nota: todo este párrafo debe leerse de carrerilla para que tenga el efecto buscado).

Pero no tengo muchas dudas sobre la responsabilidad a repartir entre unos y otros por lo que a la transformación de este –“nuestro”- país se refiere. El Partido Socialista Obrero Español –ejem, sabrán disculparme el pequeño atragantamiento- se lleva la palma. Por dos razones: porque desde que nos advino la sacrosanta democracia, se han pasado en el gobierno –obsérvese qué sutilmente he evitado el gerundio, “gobernando”- el 70% del tiempo. Y porque los compañeros del puño y la rosa (Oh tempos! Oh mores!), se han dedicado en cuerpo y alma, como nadie lo ha hecho, al trabajo de hacer irreconocible a la pobre hija ante su pobre madre.

Bien… Ahí tenemos los resultados. La ovación gorda para los socialistas, que son quienes realmente la merecen. A los demás, unos aplausos, nada más les corresponde.

¡Ah, bueno! Que si no les gustan los resultados, voten, voten cuando les toque. Y hasta entonces, boten, boten, que no pueden hacer otra cosa.

Post data: hacerse quincemero e irse a la Puerta del Sol a echar unos ratos, no vale. Eso es  convertirse en uno de los que no integran el político patio patrio porque no pueden pero que estarían encantados de integrarlo… por supuesto.




Arga-ko urretxindorra