Y dale la burra al trigo. Vuelta con el argumento de marras: "No deberían haber matado a Excálibur. Era un tesoro para la ciencia".
Estoy segurísimo de que hay gente de buena intención que así lo ha creído. Otros, los menos, simplemente han cogido un argumento incontestable con el que defender su ética animalista y dar en los morros a quien se les ponga por delante.
Es vergonzoso, ya lo he escrito varias veces, la actitud y el comportamiento de unos cuantos, anónimos y conocidos. Cierto que no son muchos; pero como hacen ruido mientras los demás estamos en silencio, se les oye demasiado.
La idea maravillosa se utiliza cual cachiporra para curtir la badana del personal que no se atenga a su dictado. Pero es más falso que un billete de treinta euros.
Brevemente: ¿el perro era un tesoro para la ciencia? ¿Por qué? Entiendo que yo pueda hacer esa afirmación, que no tendría reparos serios a que los científicos experimentaran con él. Y sí me negaría rotundamente a que lo hicieran con personas. Pero no es aceptable viniendo de personas que se oponen frenéticamente a la experimentación con animales.
Entonces, según su ética, ¿cuál es la ventaja de estudiar al perro en vez de estudiar a las personas enfermas?
Ninguno de estos súbitos amantes de la ciencia aceptaría que se le hiciera nada al perro en nombre de la misma, como arguyen, ni siquiera para salvar vidas humanas ("Es vergonzoso que un perro pague los errores de la sanidad humana", Carlos Rodríguez Rodríguez, veterinario, programa Espejo Público).
Si con el perro no se puede hacer cosa distinta que con las personas, ¿dónde está el tesoro para la ciencia?
Argako urretxindorra
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lunes, 20 de octubre de 2014
sábado, 11 de octubre de 2014
Ébola: un esfuerzo por desoír
Hablando de miserias y heroicidades. Decía un, todavía, joven colega a sus muchachos adolescentes para hacerles, ver de vez en cuando, su egocentrismo: "Yo, me, mi, mi mundo, mi vida... mi mierda." Me parece una síntesis maravillosa que da para pensar un buen rato.
Los chavales, a esa edad, son aún egocéntricos. Los adultos ya hemos dado el paso definitivo y somos plenamente egoístas. Y del egoísmo, primer hijo de la numerosa familia que tiene la soberbia, suelen ir de la mano sus hermanitos: la insolidaridad, la miseria de conciencia, la ruindad, la cobardía... no sería capaz de agotar tan numerosa prole.
Aunque uno es lo que es, las circunstancias suelen servir de disparador para mostrar a los demás cómo somos profundamente.
De los animalistas no diré una palabra por hoy aquí.
Me sobrecoge, una vez más, observar el panorama. Aquí, donde la vida de una persona, Teresa Romero, está en gravísimo riesgo, asisto a una nueva partida de ruines enemigos, que no adversarios. Unos, muertos de miedo, hacen gala de su inepcia en rueda de prensa, de su falta de decoro, de su chulería acojonada, de su inoperancia, de su cobardía, de su miserable sálvese quien pueda.
Los otros muestran su inquina política, su odio personal, su mala baba, su desproporcionalidad, su violencia y su falta de corazón.
No por conocido todo ello deja de desalentarme. Y la pobre Teresa Romero, mujer que lucha entre la vida y la muerte, mujer que fue tan valiente como para presentarse a cuidar los últimos días del doctor y sacerdote Manuel García Viejo, parece ser lo menos importante en todo esto. Hasta su perro fue colocado por encima.
Yo sí pido ahora la dimisión de Ana Mato, a la que su jefa la ha tenido que apartar de un manotazo por su tremenda no-gestión.
Yo sí pido ahora la dimisión de Javier Rodríguez, Consejero de Sanidad de Madrid, por su impresentable actitud y su probada falta de criterio.
Pero, ¿qué hago con los demás? ¿Qué hago con Arturo Pérez Reverte? ¿Qué hago con los sindicatos de la Sanidad pública madrileña? ¿Qué hago con Carlos Rodríguez, el veterinario de cabecera de Onda Cero? ¿Qué hago con las enfermeras del Carlos III que, sin estar en absoluto relacionadas con la unidad contra el ébola del hospital, muestran su violencia a las puertas del mismo ante la visita a Teresa del Presidente Rajoy? ¿Qué puedo hacer con ellos si no tienen dimisión que llevarse a la boca?
Dos hombres murieron después de salvar muchas vidas en África; una mujer está en gravísimo peligro de perder la suya por ayudar a los demás, errores humanos al margen... Pero algunos, la minoría ruidosa -ciudadanos, periodistas y políticos-, no quieren dejar que nos centremos en lo importante, en lo humano, en lo sensato.
Merece la pena hacer un esfuerzo por desoír el ruido ambiente y fijarse en lo importante; y callar; pensar; y... ¿rezar, tal vez?
Argako urretxindorra
Los chavales, a esa edad, son aún egocéntricos. Los adultos ya hemos dado el paso definitivo y somos plenamente egoístas. Y del egoísmo, primer hijo de la numerosa familia que tiene la soberbia, suelen ir de la mano sus hermanitos: la insolidaridad, la miseria de conciencia, la ruindad, la cobardía... no sería capaz de agotar tan numerosa prole.
Aunque uno es lo que es, las circunstancias suelen servir de disparador para mostrar a los demás cómo somos profundamente.
De los animalistas no diré una palabra por hoy aquí.
Me sobrecoge, una vez más, observar el panorama. Aquí, donde la vida de una persona, Teresa Romero, está en gravísimo riesgo, asisto a una nueva partida de ruines enemigos, que no adversarios. Unos, muertos de miedo, hacen gala de su inepcia en rueda de prensa, de su falta de decoro, de su chulería acojonada, de su inoperancia, de su cobardía, de su miserable sálvese quien pueda.
Los otros muestran su inquina política, su odio personal, su mala baba, su desproporcionalidad, su violencia y su falta de corazón.
No por conocido todo ello deja de desalentarme. Y la pobre Teresa Romero, mujer que lucha entre la vida y la muerte, mujer que fue tan valiente como para presentarse a cuidar los últimos días del doctor y sacerdote Manuel García Viejo, parece ser lo menos importante en todo esto. Hasta su perro fue colocado por encima.
Yo sí pido ahora la dimisión de Ana Mato, a la que su jefa la ha tenido que apartar de un manotazo por su tremenda no-gestión.
Yo sí pido ahora la dimisión de Javier Rodríguez, Consejero de Sanidad de Madrid, por su impresentable actitud y su probada falta de criterio.
Pero, ¿qué hago con los demás? ¿Qué hago con Arturo Pérez Reverte? ¿Qué hago con los sindicatos de la Sanidad pública madrileña? ¿Qué hago con Carlos Rodríguez, el veterinario de cabecera de Onda Cero? ¿Qué hago con las enfermeras del Carlos III que, sin estar en absoluto relacionadas con la unidad contra el ébola del hospital, muestran su violencia a las puertas del mismo ante la visita a Teresa del Presidente Rajoy? ¿Qué puedo hacer con ellos si no tienen dimisión que llevarse a la boca?
Dos hombres murieron después de salvar muchas vidas en África; una mujer está en gravísimo peligro de perder la suya por ayudar a los demás, errores humanos al margen... Pero algunos, la minoría ruidosa -ciudadanos, periodistas y políticos-, no quieren dejar que nos centremos en lo importante, en lo humano, en lo sensato.
Merece la pena hacer un esfuerzo por desoír el ruido ambiente y fijarse en lo importante; y callar; pensar; y... ¿rezar, tal vez?
Argako urretxindorra
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