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lunes, 20 de octubre de 2014

Ébola: el perro Excálibur "era un tesoro para la ciencia"

Y dale la burra al trigo. Vuelta con el argumento de marras: "No deberían haber matado a Excálibur. Era un tesoro para la ciencia".

Estoy segurísimo de que hay gente de buena intención que así lo ha creído. Otros, los menos, simplemente han cogido un argumento incontestable con el que defender su ética animalista y dar en los morros a quien se les ponga por delante.

Es vergonzoso, ya lo he escrito varias veces, la actitud y el comportamiento de unos cuantos, anónimos y conocidos. Cierto que no son muchos; pero como hacen ruido mientras los demás estamos en silencio, se les oye demasiado.

La idea maravillosa se utiliza cual cachiporra para curtir la badana del personal que no se atenga a su dictado. Pero es más falso que un billete de treinta euros.

Brevemente: ¿el perro era un tesoro para la ciencia? ¿Por qué? Entiendo que yo pueda hacer esa afirmación, que no tendría reparos serios a que los científicos experimentaran con él. Y sí me negaría rotundamente a que lo hicieran con personas. Pero no es aceptable viniendo de personas que se oponen frenéticamente a la experimentación con animales.

Entonces, según su ética, ¿cuál es la ventaja de estudiar al perro en vez de estudiar a las personas enfermas?

Ninguno de estos súbitos amantes de la ciencia aceptaría que se le hiciera nada al perro en nombre de la misma, como arguyen, ni siquiera para salvar vidas humanas ("Es vergonzoso que un perro pague los errores de la sanidad humana", Carlos Rodríguez Rodríguez, veterinario, programa Espejo Público).

Si con el perro no se puede hacer cosa distinta que con las personas, ¿dónde está el tesoro para la ciencia?



Argako urretxindorra

martes, 14 de octubre de 2014

Ébola: el Padre Garayoa (y un correíto) (II)

“Cercano un día tan especial para nosotros los misioneros, te recuerdo más que nunca Manuel[1]. Supongo que al cielo también llegarán las noticias y te habrás enterado del lío que has montado en España. No sé si te queda algún milagro en tu poder, porque aquí los hiciste a manos llenas, pero intenta por todos los medios interceder para que Teresa, la mujer que te estuvo cuidando, venza al virus y vuelva a abrazar a los suyos. Me debes el abrazo que las prisas me privaron de darte. Nos lo daremos cuando Dios quiera. Ahora tú sabes más que yo de la vida eterna y sabrás también si será posible compartir de nuevo la charla, el chorizo, el pan y el vino. Me encantaría. Aquí, en Sierra Leona, te echamos de menos. Oye, y dile a Dios de mi parte, que si algún mérito he hecho en mi vida, que me los pague todos salvando a Teresa. Vamos a rezar juntos, tú arriba y yo abajo, para que recobre la salud antes del Día de las Misiones, el día 19, y así lo podamos celebrar por todo lo alto.”

Así escribe José Luis Garayoa el pasado sábado, once de octubre. Personalmente, me resulta emocionante su naturalidad en la fe. La de un hombre inteligente, cultivado y entregado a Dios a través de los necesitados; la naturalidad de un hombre recio, duro en el mejor sentido de la expresión y con un corazón bueno. La de un hombre que sabe llorar y seguir adelante, más fuerte si cabe.

Como dije en la anterior entradilla sobre el Padre Garayoa, miseria y bondad, a raudales ambas, se entremezclan en situaciones graves con una facilidad que parece imposible. Y no hay más remedio; es inevitable comparar. Os dejo, queridos amigos, un correo que recibe el Padre Garayoa hace pocos días (copio literalmente): “Como se atreve usted a ningunear la vida de un ser vivo, ¿que no se le da repercusión a la vida de niños africanos?, pués (sic) para empezar y terminar usted está allí con fondos de ciudadanos particulares y públicos(impuestos de ciudadanos) que no sólo pensamos en los niños conmo (sic) usted, que nos preocupamos de que cuando éstos dejen de serlo tengan una vida digna, no como usted  que se preocupa nada más que de ellos hasta los quince años después que los (sic) den, vergüenza me dá (sic) usted”.

La buena señora (porque es fémina) no está segura de que su mensaje le haya llegado. Así que insiste (vuelvo a reproducir literalmente y omito los sic por pereza): “disculpe pero en mi anterior mensaje estaba mal la direccion de correo, por si acaso no le ha llegado,le repito: vergüenza dá que ningunee la vida de un ser vivo, le repito q usted está ahí(y por cierto bastante bien porque no se le ve ni de lejos desnutrido o con mal color) gracias al dinero de los particulares, privado y público,q no sólo nos preocupamos de los niños, sino de éstos cuando dejan de serlo(nó como usted q mucho para los niños y después q los den). Por otro lado señor mio, si no repetan la vida del perro por humanidad que seria la 1ª causa que lo hagan por ciencia, ya q el resultado + o – seria un dato para luchar contra el Ébola. vergüenza de que exista usted.”

A mí me deja sin palabras. El misionero escribe: «No es un alegato de defensa porque no ofende quien quiere, sino quien puede. Y a mí esta señora nunca me ofendería. Simplemente, a modo de comentario, deciros que en la misión tenemos en estos momentos 4 perros que llamamos por el nombre de los expatriados que, al salir definitivamente de Sierra Leona, creyeron que nosotros al menos les daríamos de comer: Boloi, Mona, Jambi y Bernard. Cuando nos tocan a la puerta niños con hambre, por mucho que quiera a los cuatro, tengo muy claro el orden de prioridades: primero, arroz para los niños. Mi familia lloró cuando perdimos a Durka, pero estoy seguro de que les duelen más mis niños. »

Ya hace tiempo que vemos el comportamiento de muchos de los considerados animalistas. Las cosas son como son; cuando les veo juntos, siempre en vociferante pandilla, no me atraen lo más mínimo. Al contrario, me resultan profundamente desagradables y agresivos. Cuando tengo la paciencia de leerles, no siento las más mínima empatía, como dicen ahora. Por el contrario, me resultan peligrosamente demenciales y, desde luego, nada fiables, al menos para el resto del género humano.

Tienen la costumbre arraigada de insultar, prontos al grito de ¡Asesinos! y raudos a la invectiva de ¡Ignorantes!

Por sus hechos se les conoce y ningún comentario mío se acerca, ni de lejos, a la lectura tranquila de este doble correo.

En la próxima entradilla transcribo otro más que tampoco se queda manco.


Argako urretxindorra



[1] Se refiere a Manuel García Viejo, su gran amigo muerto hace poco en España, víctima del ébola.

sábado, 11 de octubre de 2014

Ébola: un esfuerzo por desoír

Hablando de miserias y heroicidades. Decía un, todavía, joven colega a sus muchachos adolescentes para hacerles, ver de vez en cuando, su egocentrismo: "Yo, me, mi, mi mundo, mi vida... mi mierda." Me parece una síntesis maravillosa que da para pensar un buen rato.

Los chavales, a esa edad, son aún egocéntricos. Los adultos ya hemos dado el paso definitivo y somos plenamente egoístas. Y del egoísmo, primer hijo de la numerosa familia que tiene la soberbia, suelen ir de la mano sus hermanitos: la insolidaridad, la miseria de conciencia, la ruindad, la cobardía... no sería capaz de agotar tan numerosa prole.

Aunque uno es lo que es, las circunstancias suelen servir de disparador para mostrar a los demás cómo somos profundamente.

De los animalistas no diré una palabra por hoy aquí.

Me sobrecoge, una vez más, observar el panorama. Aquí, donde la vida de una persona, Teresa Romero, está en gravísimo riesgo, asisto a una nueva partida de ruines enemigos, que no adversarios. Unos, muertos de miedo, hacen gala de su inepcia en rueda de prensa, de su falta de decoro, de su chulería acojonada, de su inoperancia, de su cobardía, de su miserable sálvese quien pueda.

Los otros muestran su inquina política, su odio personal, su mala baba, su desproporcionalidad, su violencia y su falta de corazón.

No por conocido todo ello deja de desalentarme. Y la pobre Teresa Romero, mujer que lucha entre la vida y la muerte, mujer que fue tan valiente como para presentarse a cuidar los últimos días del doctor y sacerdote Manuel García Viejo, parece ser lo menos importante en todo esto. Hasta su perro fue colocado por encima.

Yo sí pido ahora la dimisión de Ana Mato, a la que su jefa la ha tenido que apartar de un manotazo por su tremenda no-gestión.

Yo sí pido ahora la dimisión de Javier Rodríguez, Consejero de Sanidad de Madrid, por su impresentable actitud y su probada falta de criterio.

Pero, ¿qué hago con los demás? ¿Qué hago con Arturo Pérez Reverte? ¿Qué hago con los sindicatos de la Sanidad pública madrileña? ¿Qué hago con Carlos Rodríguez, el veterinario de cabecera de Onda Cero? ¿Qué hago con las enfermeras del Carlos III que, sin estar en absoluto relacionadas con la unidad contra el ébola del hospital, muestran su violencia a las puertas del mismo ante la visita a Teresa del Presidente Rajoy? ¿Qué puedo hacer con ellos si no tienen dimisión que llevarse a la boca?

Dos hombres murieron después de salvar muchas vidas en África; una mujer está en gravísimo peligro de perder la suya por ayudar a los demás, errores humanos al margen... Pero algunos, la minoría ruidosa -ciudadanos, periodistas y políticos-, no quieren dejar que nos centremos en lo importante, en lo humano, en lo sensato.

Merece la pena hacer un esfuerzo por desoír el ruido ambiente y fijarse en lo importante; y callar; pensar; y... ¿rezar, tal vez?


Argako urretxindorra

jueves, 9 de octubre de 2014

Ébola: “Propongo poner en observación al perro y sacrificar a la ministra. No hay color”

Y escribe el muy guasón: “Propongo poner en observación al perro y sacrificar a la ministra. No hay color”… ¡Qué ocurrente! Qué gracioso… de no creerme que, viniendo de quien viene, lo dice en serio.

No sé si puso también un emoticono cachondo para aclaración del personal en este punto, pero imagino que no, dada la adustez del sujeto.

Aun le recuerdo en sus tiempos mozos reporteriles, su espigada figura, su gafas de pasta, contándonos las hazañas bélicas de aquellos países que tan lejos nos parecían entonces. ¡Quién lo iba a decir! Aquel chico no tenía pinta de escritor exitoso ni de sesudo académico de la R. A. E. Y mucho menos de tipo amargado… La vida (¿los hombres, tal vez?) no deja de sorprenderte.

Pero todo aquello se hizo realidad un tiempo después. Y aquel chico de voz atípica, flaco y alto, que usaba gafas de pasta y se la jugaba en los campos de batalla cambió. Cambió las gafas por lentillas, los reportajes por libros, el polvo de Gaza por el sillón del palacete de Miguel Aguado de la Sierra y el coraje por la amargura.

Y en estas estamos: aquel joven reportero, hoy escritor rico y excelentísimo académico, propone salvar a un perro y sacrificar a la ministra de Sanidad. Y cuando alguien le eche en cara su barbarie, él se reirá diciendo que sacrificar, en este caso, significa que dimita. ¡Ah, malpensados! Para algo es un escritor afamado y un señor académico..., eso sí, amargado.  



Argako urretxindorra