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martes, 29 de octubre de 2013

La nueva Ley de Educación: ¿para qué? (Parte I)

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Estatus irónico: NADA - UN POCO - BASTANTE - MOGOLLÓN





La nueva ley orgánica de educación, la LOMCE, la «ley Wert», para entendernos, no es nueva. Es más de lo mismo. Han rascado un poco la pintura para poner otra encima. Nada más.

Lo más triste de todo es que no podemos aspirar a más… ni a menos. Porque, dada la idiosincrasia política y social española, esto es un mero círculo vicioso puramente maniqueo. Vamos de un sitio al otro montados en el mismo viejo y macilento burro.

Me llena de impotencia y desesperanza ver que no habrá posibilidad en muchísimos años de cambiar, de verdad, para bien de las personas y de la sociedad entera, el sistema educativo. Primero, porque tengo enormes dudas de que alguien tenga la más mínima intención de meterse en semejante berenjenal. Segundo, porque la indecente intrusión de la política en la educación arrasa con cualquier intento positivo de cambio o, siquiera, de mejora. Tercero, porque el sistema educativo es mucho más que una mera ley, por muy orgánica que sea, y buena parte de los incrustados en el sistema no permitirán jamás que algo les haga quedarse fuera del mismo. Cuarto, porque una revolución educativa tan gigantesca como la que necesitamos en nuestro país, resulta imposible porque cada cuatro años hay que ir a votar. El juego democrático, así parido, y con las tres razones anteriores hacen que las elecciones sean, ni más ni menos, que un impedimento para el verdadero cambio, para la revolución del sistema educativo.

No comparto ni uno solo de los eslóganes, que no ideas, de los múltiples manifestantes contra la reforma de la ley de Wert. Pero ni uno solo. Son, una buena parte de ellos y todos sus eslóganes, interesados y rastreros, algo que un verdadero cambio del sistema debería desterrar para siempre. Son una pesa de miles de toneladas que tira para debajo de la educación, agarrados a ninguna idea y a un millón de intereses personales y políticos, anclados en el pasado más rancio… Un peso muerto que mata la educación.

Y no hay nada que hacer con las autoridades de turno. Aquí solo puede sacarse una nueva ley, que no es nada en realidad, si hay mayoría absoluta. Cuando se ponen a ello, como decía, no se debe esperar nada: todo ruido y ninguna nuez. No hay partido político en España capaz de liderar el cambio que la educación necesita: ni de izquierda ni de derecha. La ineficiencia, la maldita cotidianeidad política, el basta que uno diga “a” para que los demás digan “z”, el tener obligación de ganar las siguientes elecciones, el miedo de los políticos a perder su sillón, el miedo de los políticos a tener que defender con argumentos los cambios, antes que nada frente a los “suyos”; el miedo a “la calle”, usada y abusada sin descanso de manera obscena por todos, los sindicatos, las patronales, los padres metidos a políticos de tres al cuarto en las AMPAS y en los consejos escolares, los pésimos profesores, las pésimas condiciones de su trabajo, la exigencia a los padres de sus enormes responsabilidades, tantas veces considerables como negligencias… Nadie, ninguna autoridad será capaz de cambiar un sistema viejo, truculento, anquilosado, politizado, violado, abusado, inutilizado… ¿Quién se convertiría en mártir por esta causa? Y las revoluciones se cobran su precio de mártires.

Sin atreverme a decir que sea el primero, sí es uno de los principales: hay que tirar por los suelos el estatus del profesorado actual. Son, porque se ven directamente implicados por lo ya expuesto, y porque buscan más un sueldo que seguir una vocación, uno de los principales cánceres del sistema. Y los pésimos profesores abundan tanto en la “enseñanza” pública (mal llamada) como en la privada.

No es de recibo que haya profesores con puesto vitalicio, bien porque un día ganaron unas oposiciones o bien porque consiguieron aclimatarse a lo que desde la dirección privada quieren. En el fondo, hoy en día, no debería tener su puesto seguro ningún profesor. Y no me importa lo que se quiera entresacar de esta afirmación. Sea lo que sea, será falsamente escandaloso.

Muchas nuevas «pedagogías» dan distintos papeles, diferentes funciones, a los profesores. No he encontrado ninguna que tenga la más mínima sensatez. Sencillamente, el también mal llamado “fracaso escolar” se lo debemos, en buena medida, al mal hacer de muchos profesores, cuando no a la mera pereza o a una insoportable falta de vocación.

Sí creo que el estado debe intervenir en la educación; pero tiene muy poco que ver con lo que hace o con lo que muchos grupos de “profesionales de la enseñanza” exigen que haga. Su papel está en ayudar a la sociedad, y no debe pasar de ahí ni un milímetro. De sobra es conocido que no es a eso, precisamente, a lo que se dedica, con el incomprensible beneplácito de tantos y tantos “ciudadanos”. Si el papel del profesor es primordial, ¿cuándo se evalúa? ¿Cómo se evalúa? ¿Cuánto se le anima y se le facilitan medios de verdad, no chorradas? Sencillamente, nunca.

Si los resultados del sistema son pésimos (y no me importan mucho los «pisas» ni las «ocedeés»), ¿qué pasa con los profesores? ¿Qué se hace por ellos?

En un tema crucial para la vida de las personas como es la educación, no creo que esté de sobra, ni mucho menos, una licencia temporal para poder ser profesor: público o privado, que eso no debería ser una diferencia entre profesores.

Un profesor solo puede ejercer de tal si está en condiciones excelentes. Supone hacer muy bien su trabajo, hacerse responsable de los resultados, continuar con su formación profesional como cualquier otro profesional lo hace, investigar un poquito, aunque solo sea como autoevaluación, publicar alguna cosita, que siempre obliga a estar al día y a profundizar en la didáctica y en la pedagogía… Un país sensato o, mejor, decente, ¿puede confiar gran parte de su futuro y de la felicidad de las personas a la supuesta buena intención del profesorado, sin ejercer ningún control sobre ella? No, claro que no. ¿No es posible afrontar un cambio de raíz en este asunto? Sí, claro que sí, siempre y cuando algunos estén dispuestos a convertirse en mártires de la revolución, como dije antes.

La cosa no es muy compleja. El estado tiene que garantizar la excelencia de la educación que reciben sus ciudadanos. El primer paso es acabar con el apoltronamiento de los profesores. Se acabaron las oposiciones con garantía vitalicia. Quien quiera ejercer de profesor, debe estar dispuesto a demostrar constantemente que puede hacerlo. Un sistema de licencias, por un número determinado de años, que permita ejercer de profesor, no es difícil. Ya existen en otras profesiones. Cada cinco, cada diez, cada siete años… cualquiera que pretenda mantener su licencia en vigor debería probar su capacitación, sus méritos: resultados, conocimientos adquiridos, formación profesional a la que se ha sometido durante ese tiempo, publicaciones, investigaciones, evaluaciones de rendimiento profesional por parte de los directores… Hay mil fórmulas para ello. Pero, de una u otra manera, hay que acabar con el pesebrismo y remover la vocación y la entrega profesional del profesor.

Esa licencia no debe distinguir entre “tipos” de profesores. No creo que el estado deba tener una plantilla de profesores. Esa licencia debería acreditar a cualquier profesor para trabajar en cualquier escuela… que le contrate, sea sostenida con dinero de todos o bien, con dinero de unos pocos (“pública” y “privada”, son diferencias artificiosas y lamentablemente políticas).

Ya seguiremos con tantas otras cosas que deberíamos cambiar de raíz en nuestro sistema educativo. Por ejemplo, los directivos; por ejemplo, las AMPAS; o los consejos escolares; o los sindicatos.

Desgraciadamente, hay tanto que destruir para poder recomenzar…

Argako urretxindorra

domingo, 18 de noviembre de 2012

¿Reforma educativa? ¿Qué reforma?

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¿Reforma educativa? ¿Reforma del sistema educativo? Gritos y silencios. Esta vida nuestra de hoy está llena de gritos y silencios, de ruidos y silencios. Siempre son más, muchos más, los silencios. Pero solo se oyen los gritos. Y, de alguna manera, muchos terminan creyendo que los gritos son la mayoría, que son, incluso, lo razonable.

Todos tenemos la experiencia de que el grito repetido, el grito continuado hace efecto. Tantas veces sucede que una mentira machacona termina por ser fehaciente, que el recurso al grito se emplea demasiado a menudo. Pero el ruido no construye. Una educación a gritos, en casa, en la escuela, no solo no es educación: es martirio y siempre se vuelve contra todos. Quien no toleraría nunca esto, con demasiada frecuencia, se dedica al ruido y al grito en la calle, en los pasillos de la escuela, en los foros, en los periódicos. Pura incoherencia calculada; deseos viscerales de destruir.

Parafraseando a Rajoy, su anteproyecto de reforma educativa «es inaceptable». Araña un poco la pintura de algunas paredes para darles otro color. Y nada más.

Mi generación, desde luego, no verá nunca un auténtico cambio de la educación en España. Son muy pocos, en realidad, los que lo quieren. Todos los demás, bien por inconsciencia, por desconocimiento o por maldición ideológica y económica –demasiados viven del negocio educativo en lo personal o en lo institucional- no tienen ninguna intención de que los niños y jóvenes españoles sean educados de verdad.

Y mi generación no lo verá porque se necesita mucho tesón para el cambio; porque se necesita mucha voluntad; porque se necesita otra mentalidad; se necesita mucha sinceridad y valentía; hay que estar dispuesto a luchar y a jugarse el propio pan; hay que tener una formación intelectual y humana para abordar el cambio profundo, que muy pocos serían capaces; hay que desdemocratizar la educación; hay que destruir los consejos escolares; hay que acabar con las oposiciones; hay que terminar con la casta de funcionarios educativos; hay que terminar de una vez con la escuela pública tal y como es ahora; hay que obligar a los profesores a estudiar constantemente; hay que terminar con una universidad que ha pasado a ser una pésima «formación profesional»; hay que terminar con el “derecho” a la educación universitaria; hay que desterrar a los partidos políticos, a los sindicatos y a los politiqueros de la educación; hay que dotar a la educación de directivos bien formados, exigentes, exigidos, bien pagados, motivados y libres para hacer su trabajo; hay que internacionalizar la formación de los profesores; hay que terminar con la perniciosa «titulitis»; hay que terminar con el intervencionismo del estado; hay que exigir una verdadera libertad de cátedra, no basada en la ideología sino en la formación pedagógica y didáctica; hay que terminar con el sistema de becas que amparan un inexistente “derecho” a la educación universitaria y permiten la existencia de miles de parásitos sociales a costa del dinero de todos los demás; hay que acabar con los chorros de dinero sistemático tirados por el retrete; hay que terminar con la visión economicista de la educación; hay que exigir a los padres sus responsabilidades hasta el final; hay que desterrar a los pedagogos, psicopedagogos y psicólogos de tres al cuarto y quedarse solo con aquellos bien formados, vocacionales, capaces y antidemagogos; hay que desterrar la idea de que la educación se divide en ciencias y letras; hay que destruir la mentalidad utilitarista de la educación; hay que impedir que los malos profesores puedan ejercer; hay que impedir que los malos directivos puedan ejercer; hay que cambiar de raíz la función de la inspección; y hay que pagar muchísimo más a los buenos.

¿Hay alguien dispuesto a hacerlo? ¿Sigue alguien pensando que esto se soluciona con una reforma legal, nada más? ¿Hay alguna posibilidad de que, partiendo de dónde estamos y cómo somos, cualquier gobierno se plantee iniciar el proceso, teniendo que presentarse a las elecciones tres años después? ¿Y los partidos políticos y los sindicatos? ¿Cuántos profesores, maestros, catedráticos, funcionarios, padres, políticos, politiqueros, sindicalistas, “universitarios” y bedeles no pondrían el grito en el cielo y las barricadas en la calle?

Por eso digo: mi generación no lo verá. Pero no es pesimismo: es puro acicate para empezar cuanto antes. Yo ya estoy en ello. De momento, aquí queda esto y seguiré escribiendo, pese a quien pese.

Argako urretxindorra

sábado, 21 de julio de 2012

Educación mixta vs educación diferenciada: no entiendo ná.


¡Ay, amigos! ¡Qué duro es esto! Me doy cuenta de que cada vez sé menos de más cosas. Me temo que terminaré no sabiendo nada de todo.

Supongo que lo suyo sería escribir algo sobre economía y sus derivados. Pero es que me deprime mucho. Si supiese escribir poesía lírica no comprometida, creo que me dedicaría a eso; pero Dios no me ha dado la más mínima facilidad y, por lo que voy viendo, no tiene intención cambiar de planes.

Claro, que yo no me echo toda la culpa. Es que me ha tocado vivir unos tiempos en los que todo te lo ponen muy difícil. El problema radica, en mi caso, en que no entiendo casi nada. Escuchas, lees, participas… y aún peor. Mis flojas entendederas por naturaleza han pasado a ser casi inexistentes por dedicación. ¡Una lástima!

Por ejemplo: el tinglado ese de la educación en España. ¡Qué martirio, oiga! Sí parece que hay gente que se lo sabe todo con una seguridad de cemento armado. Pero estos son, precisamente, los que a mí me vuelven loco. ¡No entiendo lo que dicen!

Yo siempre he pensado que la educación es muy compleja per se. Un lío. También he pensado que hay mucho «artista» en el mundo de la educación. Y mucho «listillo» de postín. Sin embargo, no soy de los que denostan el sistema educativo español por principio. Tiene males y enfermedades graves, pero también, alguna cosa positiva. Una de las enfermedades graves, la más, es la politización del sistema. Si se pudiese extirpar la política de la educación, la mayor parte de los males desaparecerían con ella. Pero eso es imposible, al menos, hoy por hoy.

La politización hace que los «artistas» y los «listillos» de la educación tengan mucho predicamento y mucha mano, es decir, que mangonéen en asunto tan serio e importante teniendo aun menos idea que yo. Pero, eso sí: lo que dicen «va a misa»

Por ejemplo, todo ese follón de la educación mixta y/o la educación diferenciada. Yo pensaba que este era un tema meramente organizativo y pedagógico, una cuestión básicamente técnica. Error, Beramendi. Al parecer, nada tiene que ver con eso. Es un asunto de derechos humanos, es una cuestión de estado, es una causa política sobre la que desatar todos los medios propagandísticos –incluidos los «piquetes “informativos”» con sus métodos propios, cuando es necesario-… ¡Alucinante!

Por eso, el señor o señorito Miguel Lorente, Delegado del Gobierno para la Violencia de Género en 2009, no tenía ningún inconveniente en relacionar educación diferenciada con violencia de género. Si yo fuera un padre con hijos en un cole de estos, creo que le habría agarrado un poco de la pechera: o sea, que según usted, yo soy un pedazo de sinvergüenza que fomenta entre mis hijos que sean unos canallas. Después, ya le plancharía yo el traje.

Este «artistazo» de la educación y otros «listillos» como él manejan, sin embargo, un concepto precioso con el que se les llena la boca y que lo repiten una y otra vez, hasta dejarlo puesto en las leyes educativas como algo fundacional, y en el argot educativo como expresión que, si no la utilizas, te puede caer la del pulpo: es, señoras y señores, la «atención a la diversidad». Sí, sí, atención a la diversidad.

Y digo yo: si atender a la diversidad es algo esencial e ineludible, ¿la educación diferenciada no es, precisamente, una forma de atender a la diversidad natural y previa que, desde el nacimiento, existe entre chicas y chicos? 0, a esa diversidad, ¿no hay que «atenderla»?

Como les digo, no entiendo nada. Y lo peor de esto es que ya se me empieza a notar: se me está poniendo cara de bobo hecho de encargo.

Arga-ko urretxindorra

martes, 15 de mayo de 2012

La crisis

El término crisis llega al español a través del latín pero su origen es griego (sin sarcasmos). El vocablo krisis, a su vez, procede del verbo krinein con idea de «separar» o «romper» para analizar, para estudiar, para decidir, para tener un mejor juicio. De ahí términos como crítica que, en puridad, se refiere al estudio y análisis para emitir un juicio; o criterio, que es un juicio adecuado.

No se debe dejar de lado la etimología a la hora de reflexionar sobre las palabras, sus significados y sus acepciones. Y, sobre todo, cuando se quiere encontrar el sentido del uso actual de un vocablo. Y a ello me vengo a referir: la crisis.

Salvo algunas interjecciones y exclamaciones, que en su cantidad de uso tienen mucho que ver con el estado de ánimo, la palabra crisis es, probablemente, el sustantivo más usado o, cuando menos, el más popular de un tiempo a esta parte.

Lo cierto es que el significado que ha adquirido el término se ha restringido notablemente y, a un tiempo, se ha hecho profundamente peyorativo o, más exactamente, negativo.

En realidad, la acepción más interesante para mí es la de «cambio». Y «cambio» sin sentido negativo, necesariamente. En mi opinión una crisis es un cambio, un cambio que tiene una serie de notas o peculiaridades.

-    Es un cambio brusco. Es súbito, rápido.
-    Es un cambio no buscado. Se produce de manera quasi espontánea, per se, sin que nadie lo haya buscado. Sus causas no están en la voluntariedad sino, más bien, en su contrario.
-    Es un cambio no querido. No solo es que no se busque: es que no se desea que suceda. Se produce, precisamente, cuando la voluntad general es la de que no aparezca.
-    Es un cambio agresivo, en el sentido de que no se “para en barras”, en el sentido de que no tiene en cuenta qué se lleva por delante ni el coste que tal cambio pueda suponer.
-    Es un cambio regenerador a marchas forzadas. Tiene un cierto sentido catártico.
-    Es un cambio natural, de manera que obvia los deseos o lo intereses artificiales (humanos): se rige por esas últimas leyes que no puede manejar el hombre a su antojo.
-    Es un cambio inevitable. No hay nada que pueda impedirlo. Sucede y solo queda someterse a él de manera inteligente y libre porque las leyes de la crisis están, como he dicho, por encima de las posibilidades del hombre.

Cada una de estas características bien merece una profunda reflexión. Pero no es el lugar para ello. Sí diré que esta crisis nuestra actual es de mayor magnitud que lo que somos capaces de apreciar y que no es, por mucho que se insista en ello, una crisis meramente económica. No importa que ese sea el calificativo con que tratamos de especificarla: la crisis es un cambio que funciona por libre y que, además, no se atiene a un solo aspecto o a un solo ámbito. La crisis, definitivamente, es un cambio en profundidad y en extensión, con todas sus características propias.

Pero, naturalmente, sí que tiene sus causas la crisis. El ejemplo sería el de la máquina de tren de la película “Los hermanos Marx van al oeste”: “Más maderaaa”. Hasta que la máquina revienta por la presión. Ese es el origen de una crisis, básicamente. Un poco de madera, es necesario. Más madera, es mejor. Muchas veces más madera, te pasaste, amigo: esto explota.

El «estado del bienestar» es una de las falacias más gordas que existen. Aunque reconozco que no sé muy bien en qué consiste porque es una de esas expresiones que utiliza todo el mundo pero que apenas tiene significado, que nos entendemos a tientas con ella, vaya, sí tengo bastante claro que es una expresión al servicio del que la usa en el peor sentido. Básicamente, todos lo entendemos como una especie de paraíso terrenal, incluidos los descreídos. Se trata de algo así como que en determinadas partes del mundo hemos llegado a un desarrollo tal que los afortunados que vivimos en ellas lo hacemos opíparamente. La expresión, por sí sola, es contundente en este sentido: un estado –una dimensión nueva, o algo así- de bien – estar: de estar, de musguear, de existir, pero estupendamente. Es decir, el neoparaíso terrenal. En tal situación, será todo mejor en tanto que todos seamos ricos, nos paguen nuestros derechos, trabajemos poco o nada y vivamos para el ocio –la contraposición de negocio, neg – otium en latín).

Un «estado del bienestar» que se precie es aquel en el que el ciudadano se dedica, básicamente, a ejercer “sus” derechos. El trabajo más productivo, por tanto, consiste en ir agrandando la bolsa de los derechos, es decir, de todo eso que a mí me da la real gana. Un estado, naturalmente, con derechos y sin deberes, como si uno y otro no estuvieran intrínsecamente unidos. Un estado que sea la chacha que no me puedo permitir, que me preste –me los de- todos los servicios que deseo y sin coste adicional. Un estado –situación- en el que pueda hacer lo que me venga en gana sin coste para mí. Y esto, caricaturesco, o sea, basado en hechos reales, es lo que hemos estado haciendo en los últimos 30 años. Cuento un caso real, aunque cambio algunas cosillas para que no me aticen.

En una ciudad del norte de España, un comercial, bastante bueno, se presenta en el despacho de su jefe. En la confianza que da una buena relación laboral, le expone lo siguiente: “Mira, Fernando, te has equivocado conmigo. Y no te lo tomes a mal. Te agradezco la subida de sueldo que me comentaste, pero eso no es lo que quiero. Yo no necesito más dinero. Vivo con mis padres, así que mi sueldo se queda todo para mí. No tengo gastos fijos, Fernando. Tengo el coche que quiero, salgo y entro cuando quiero y no doy explicaciones a nadie. Mi trabajo me gusta, Fernando, y, hablando claro, lo hago bien. Lo que yo vengo a proponerte es que cambies tu oferta económica por tiempo. No quiero más dinero, quiero más tiempo. Tú ya sabes que mi gran pasión es el surf. Y que me pego auténticas palizas, si hace falta, yendo y viniendo de Tarifa en un fin de semana. Algún día me voy a matar en la carretera. Lo que quiero, Fernando, es que no me subas el sueldo pero tener los viernes libres, así el jueves por la tarde ya puedo disponer de lo que queda hasta el lunes”. Insisto en que este es un caso real. Lo escribo porque refleja bien, a mi juicio, parte de la filosofía del «estado del bienestar».

Cuando en un país como el nuestro hemos rechazado trabajos por penosos o meramente incómodos, y ha tenido que venir gente de fuera a hacerlos; cuando en España, un respetable ciudadano pedía una hipoteca para comprarse su chalecito en Santi Petri porque se había convertido, de buenas a primeras, en un golfero o golfista o como se diga; cuando en nuestro país una pareja iba a pedir un préstamo al banco porque tenían un enorme afán aventurero –de hotel de cinco estrellas y un cometa- y querían conocer Tailandia; cuando aquí un tipo ganaba 2.300 euros limpios al mes y se gastaba 2.900 a cuenta de la visa oro; cuando aquí un muchacho empezó a “estudiar”  a los 3 años, tiene ya 29 y sigue estudiando a costa del erario público o del peculio paternal; cuando aquí, quien más quien menos, montaba una S. L. sin tener ni idea pero siendo “mu listo”, y pidiendo una línea de crédito al banco, y poniéndose un sueldo de presidente de Telefónica; cuando aquí hay cientos de miles de caballeros que son “pobres jornaleros del campo” (el señor alcalde de Marinaleda dixit), pero que calculan exactamente el número de peonadas que tienen que realizar para cobrar el PER y no hacen ni una más ni por favor; cuando aquí el señor Guerra dijo que a este país no lo iba a conocer ni la madre que lo parió (dicho y hecho); cuando aquí el candongo de los trajes no se enteraba o no se quería enterar de lo que sucedía en su partido, en sus ayuntamientos, en su Fira y en su propio gobierno; cuando aquí todo el mundo era hijo de rico teniendo padre pobre; cuando aquí se destinaba más dinero a imponer el catalán, el vasco, el gallego, el valenciano, el mallorquí o el bable que a establecer una potente industria; cuando aquí el sistema educativo hace prácticamente imposible que un chaval no saque su título de Graduado en Secundaria; cuando aquí, entre 1982 y 2005 el número de alumnos universitarios creció casi un 50% y el de universidades aumentó más de un 100%, mientras nos cargábamos la FP; cuando aquí un conocido mío fontanero le preguntaba a su mujer cuántos días tenía que trabajar ese mes en función de si se iba a comprar un visón, se iban de viaje a las Mauricio o no había nada especial para ese mes; cuando aquí todo el que se matricula es ya estudiante y, no importa si estudia o no, todos le pagamos su estancia en el instituto o en la facultad o, mejor aún, en el Erasmus; cuando aquí todos tenemos derecho a una vivienda digna pero no el deber de ganárnosla; cuando aquí todos tenemos derecho a un trabajo digno pero no el deber de trabajar duro; cuando aquí algunos tienen derecho a que les corten el mango inferior central con cargo a mis horas de trabajo pero yo no tengo derecho a que los demás me paguen los dientes que se me han caído con el paso de los años y del turrón duro; cuando aquí tenemos profesores universitarios que después de diez años contratados, y pagándolos yo con mis horas de trabajo, no han hecho una sola investigación que mejore a la sociedad; cuando aquí, la «cultura del pelotazo» se convirtió en la aspiración de todo hijo de vecino; cuando aquí los sindicatos han recibido una «deuda histórica»  de millonrd de euros que, en realidad, la he pagado yo con mis horas de trabajo; cuando aquí, después de 30 años trincando, mangando, colocando a los amigos, desviando dinero de todos para el lucro personal y el pueblo, sabio, soberano e infalible, los vuelve a elegir para que sigan otros 4 años más (algunos van a pillar al Dictador); cuando aquí, siempre que salen mal las cosas, se le echa la culpa a otro… entonces aparece la crisis, ese cambio brusco, que nadie quiere, que nadie busca, agresivo, doloroso, profundo, que funciona con otras leyes y que deja las cunetas llenas. Dios perdona siempre; el hombre, a veces; la naturaleza, nunca.

Cada uno de nosotros hemos jugado un papel. Que cada cual eche un vistazo a su parte alícuota de responsabilidad en la aparición de la dichosa crisis. Algo –mucho- tiene que cambiar, por las buenas o por las malas. Eso es una crisis.

Arga-ko urretxindorra