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miércoles, 10 de junio de 2015

¿Por qué no?

Los documentales de animales ya no son lo que eran. Ahora los leones no matan cebras, los guepardos corren como posesos pero no matan gacelas de Grant y los hipopótamos son brutalmente agresivos y territoriales pero no se pelean, solo salpican agua. Todo sea por lo políticamente correcto, esa especie de pan-dictadura de la que nos hemos dotado en Occidente.
 
Me acuerdo de un documental de los de antaño sobre los carroñeros. Impresionante el guirigay que se monta por la desordenada pitanza: chirridos, griterío, saltos unos sobre otros, picotazos a diestro y siniestro, ahora quítate tú de ahí que me toca a mí… ¡Tremendo! Y, no sé bien por qué, me vino a la cabeza mientras leía por encima el follón en el que andan metidos ahora todos los políticos con el tema de los pactos. ¡Qué cosas se le ocurren a uno!

No sé qué tiene el poder que hay gente que se vuelve loca por él. Me llama la atención que estos días no haya infartos a tutiplén entre las huestes partidistas… ¡Qué estrés, por Dios! También me ha venido a la cabeza estos días –desde hace algunos años por estas fechas, para ser más exacto- la sensación de que soy imbécil o, al menos, de que me tratan como si lo fuera. Por el mero hecho de ser ciudadano de mi país y cumplir con ese mi derecho / deber de votar.

Seguro que es solo cosa mía, pero no puedo evitarlo. Es como si me dijeran: Vale, chato, ya te puedes volver a tus cosas. Ahora ya nos encargamos nosotros. Hasta dentro de otros cuatro años, majo.

De vez en cuando nos regalan una chuche, que diría el otro: En honor a la transparencia y a la limpieza democrática, es condición sine que non para pactar que los partidos impongan las primarias internas. Como si a los ciudadanos nos importara mucho que se destripen entre ellos cada vez que un partido tiene que decidir quién va a ser el jefe o el candidato. ¿Qué nos importa cómo lo hagan?

O ese otro mantra de las listas abiertas, ¿qué tiene eso de más democrático? Si las listas las hacen ellos primero y luego casi nadie conoce a ningún candidato a partir del tercero de la lista. Los españoles votamos partido, no personas.

En cualquier caso, es evidente que el presente espectáculo no se evita con nada de eso. El asunto, a mi modo de ver, es mucho más simple: elecciones con segunda vuelta. Después de desbrozar la maleza un domingo, al siguiente los ciudadanos decidimos de verdad quién nos va gobernar de entre las dos candidaturas más votadas. En una semana finiquitao.

Un saludo.



Argako urretxindorra

martes, 4 de noviembre de 2014

Corrupción: oiga, que en todos los sitios cuecen habas

Un par o tres de cosillas:

1. Entiendo que la corrupción de los políticos causa y cause indignación, hartazgo, cabreo y mil cosas más entre la gente. Normal. Pero creo que es sumamente importante distinguir entre la corrupción y la inundación de detenciones, instrucciones de sumarios y sentencias sobre la corrupción. Y es importante porque son cosas opuestas.

Es cierto que nos enteramos de la corrupción cuando la Guardia Civil se lía a detener sospechosos y los jueces se ponen manos a la obra. Antes de eso, también lo sabemos; pero no somos capaces de dar nombre y rostro a la corrupción.

En la situación actual, es fácil caer en las tentaciones: la de generalizar; la del arrebato de rabia; o la de creer y manifestar que el sistema no funciona. Pero esto último no es cierto. La prueba de que el sistema sí funciona no es, obviamente, la corrupción sino la respuesta, dura, contundente e igualitaria que el sistema devuelve. La corrupción es la fotografía antigua de nuestro país; las detenciones y los sumarios son la fotografía actual. Los granados, puyoles, fernández, urdangarines y pantojos enriqueciéndose a costa de los demás son lo pasado; los granados, puyoles, fernández, urdangarines y pantojos entrando en la cárcel, o siendo detenidos o investigados son el presente. Evidentemente, hoy sigue habiendo tiparracos haciendo de las suyas a los que todavía no se les ha aliviado; por supuesto. Pero seguro que menos que hace un par de años. Porque, ya se sabe: el miedo guarda la viña.

Dejarnos llevar exclusivamente por la legítima rabia no debe llegar al punto de no permitirnos ver la realidad tal cual es. El sistema ha permitido la existencia del sinvergüenza pero también se ha remangado y se ha puesto a limpiar estiércol sin pausa y sin distinciones. Razón clara para no amargarse del todo.

2. En coyunturas de este tipo siempre me acuerdo del pasaje evangélico; y es que no puedo evitar el pensar en pajas, vigas y ojos. En España, el pillo, el lazarillo de Tormes o de Matalascañas, no nos engañemos, nunca ha estado mal visto. La vista gorda la hemos hecho con facilidad y, en algunos casos, hemos elevado a categoría de pseudohéroes a cantantes listillos, a actores aprovechados, a bandoleros ecijanos, a políticos asaltasupermercados, a sindicalistas carboneros, a periodistas mundanos, a futbolistas del hemisferio sur, etc., etc. Semos asín.

En España hemos tenido sindicalistas liberados que no debían serlo hasta multiplicarse por cinco. Miembros y miembras del mundo de la cultura que se montaban sus empresas y tributaban a través de ellas cuando debían hacerlo por IRPF. Profesionales liberales que cobraban en negro cien veces más que en blanco y que ni siquiera pagaban IVA. Oenegés que no eran tales y se llevaban subvenciones a manos llenas. Gente que trabajaba las peonadas justas para llevarse el PER y no trabajaban, en blanco, ni un minuto más. Y eso es dominio público y obra pública. Además de que los españoles somos dados a medir con varias varas distintas, según nuestros intereses y nuestras simpatías. La hipocresía en general parece estar incrustada en alguno de nuestros genes y lo transmitimos a nuestros vástagos, aunque casi ya no tengamos, con verdadero ahínco. Volviendo al Evangelio, el que esté libre de pecado que tire la primera piedra. Y es que, pese a quien pese, el problema no es de sistema sino de personas, de personas con muy poquita moral. La verdadera regeneración no vendrá por leyes y amenazas, parches necesarios ahora; sino por la regeneración moral y ética de todos, asunto mucho más costoso y del que estamos muy necesitados y alejados.

3. A río revuelto, ganancia de pescadores. Solo hay que echar la caña o las redes y los peces entran solos. Ahora, el único pescador que está en la orilla con redes inmensas se llama Pablo Iglesias y Podemos. Si no hizo nada y consiguió más de un millón de votos en las europeas, además de colocarse como seguro secretario general de su formación, ahora, sin hacer mucho, que los demás partidos ya se encargan en su lugar, la cosecha puede ser de escándalo. Y es normal. La indudable habilidad de los chicos de Podemos para decir y no decir y decir lo contrario sigue siendo una herramienta muy útil en estos momentos. Básicamente se trata, para ellos, de esperar sin hacer tonterías a que las manzanas maduras (con perdón) caigan del arbolillo. Y todos nos conocemos bien en este patio de vecinas en el que convertimos nuestro país cada dos por tres: más de una prefiere quedarse ciega con tal que la del bajo entresuelo se quede tuerta.

Argako urretxindorra

martes, 29 de octubre de 2013

La nueva Ley de Educación: ¿para qué? (Parte I)

Aviso:
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Estatus irónico: NADA - UN POCO - BASTANTE - MOGOLLÓN





La nueva ley orgánica de educación, la LOMCE, la «ley Wert», para entendernos, no es nueva. Es más de lo mismo. Han rascado un poco la pintura para poner otra encima. Nada más.

Lo más triste de todo es que no podemos aspirar a más… ni a menos. Porque, dada la idiosincrasia política y social española, esto es un mero círculo vicioso puramente maniqueo. Vamos de un sitio al otro montados en el mismo viejo y macilento burro.

Me llena de impotencia y desesperanza ver que no habrá posibilidad en muchísimos años de cambiar, de verdad, para bien de las personas y de la sociedad entera, el sistema educativo. Primero, porque tengo enormes dudas de que alguien tenga la más mínima intención de meterse en semejante berenjenal. Segundo, porque la indecente intrusión de la política en la educación arrasa con cualquier intento positivo de cambio o, siquiera, de mejora. Tercero, porque el sistema educativo es mucho más que una mera ley, por muy orgánica que sea, y buena parte de los incrustados en el sistema no permitirán jamás que algo les haga quedarse fuera del mismo. Cuarto, porque una revolución educativa tan gigantesca como la que necesitamos en nuestro país, resulta imposible porque cada cuatro años hay que ir a votar. El juego democrático, así parido, y con las tres razones anteriores hacen que las elecciones sean, ni más ni menos, que un impedimento para el verdadero cambio, para la revolución del sistema educativo.

No comparto ni uno solo de los eslóganes, que no ideas, de los múltiples manifestantes contra la reforma de la ley de Wert. Pero ni uno solo. Son, una buena parte de ellos y todos sus eslóganes, interesados y rastreros, algo que un verdadero cambio del sistema debería desterrar para siempre. Son una pesa de miles de toneladas que tira para debajo de la educación, agarrados a ninguna idea y a un millón de intereses personales y políticos, anclados en el pasado más rancio… Un peso muerto que mata la educación.

Y no hay nada que hacer con las autoridades de turno. Aquí solo puede sacarse una nueva ley, que no es nada en realidad, si hay mayoría absoluta. Cuando se ponen a ello, como decía, no se debe esperar nada: todo ruido y ninguna nuez. No hay partido político en España capaz de liderar el cambio que la educación necesita: ni de izquierda ni de derecha. La ineficiencia, la maldita cotidianeidad política, el basta que uno diga “a” para que los demás digan “z”, el tener obligación de ganar las siguientes elecciones, el miedo de los políticos a perder su sillón, el miedo de los políticos a tener que defender con argumentos los cambios, antes que nada frente a los “suyos”; el miedo a “la calle”, usada y abusada sin descanso de manera obscena por todos, los sindicatos, las patronales, los padres metidos a políticos de tres al cuarto en las AMPAS y en los consejos escolares, los pésimos profesores, las pésimas condiciones de su trabajo, la exigencia a los padres de sus enormes responsabilidades, tantas veces considerables como negligencias… Nadie, ninguna autoridad será capaz de cambiar un sistema viejo, truculento, anquilosado, politizado, violado, abusado, inutilizado… ¿Quién se convertiría en mártir por esta causa? Y las revoluciones se cobran su precio de mártires.

Sin atreverme a decir que sea el primero, sí es uno de los principales: hay que tirar por los suelos el estatus del profesorado actual. Son, porque se ven directamente implicados por lo ya expuesto, y porque buscan más un sueldo que seguir una vocación, uno de los principales cánceres del sistema. Y los pésimos profesores abundan tanto en la “enseñanza” pública (mal llamada) como en la privada.

No es de recibo que haya profesores con puesto vitalicio, bien porque un día ganaron unas oposiciones o bien porque consiguieron aclimatarse a lo que desde la dirección privada quieren. En el fondo, hoy en día, no debería tener su puesto seguro ningún profesor. Y no me importa lo que se quiera entresacar de esta afirmación. Sea lo que sea, será falsamente escandaloso.

Muchas nuevas «pedagogías» dan distintos papeles, diferentes funciones, a los profesores. No he encontrado ninguna que tenga la más mínima sensatez. Sencillamente, el también mal llamado “fracaso escolar” se lo debemos, en buena medida, al mal hacer de muchos profesores, cuando no a la mera pereza o a una insoportable falta de vocación.

Sí creo que el estado debe intervenir en la educación; pero tiene muy poco que ver con lo que hace o con lo que muchos grupos de “profesionales de la enseñanza” exigen que haga. Su papel está en ayudar a la sociedad, y no debe pasar de ahí ni un milímetro. De sobra es conocido que no es a eso, precisamente, a lo que se dedica, con el incomprensible beneplácito de tantos y tantos “ciudadanos”. Si el papel del profesor es primordial, ¿cuándo se evalúa? ¿Cómo se evalúa? ¿Cuánto se le anima y se le facilitan medios de verdad, no chorradas? Sencillamente, nunca.

Si los resultados del sistema son pésimos (y no me importan mucho los «pisas» ni las «ocedeés»), ¿qué pasa con los profesores? ¿Qué se hace por ellos?

En un tema crucial para la vida de las personas como es la educación, no creo que esté de sobra, ni mucho menos, una licencia temporal para poder ser profesor: público o privado, que eso no debería ser una diferencia entre profesores.

Un profesor solo puede ejercer de tal si está en condiciones excelentes. Supone hacer muy bien su trabajo, hacerse responsable de los resultados, continuar con su formación profesional como cualquier otro profesional lo hace, investigar un poquito, aunque solo sea como autoevaluación, publicar alguna cosita, que siempre obliga a estar al día y a profundizar en la didáctica y en la pedagogía… Un país sensato o, mejor, decente, ¿puede confiar gran parte de su futuro y de la felicidad de las personas a la supuesta buena intención del profesorado, sin ejercer ningún control sobre ella? No, claro que no. ¿No es posible afrontar un cambio de raíz en este asunto? Sí, claro que sí, siempre y cuando algunos estén dispuestos a convertirse en mártires de la revolución, como dije antes.

La cosa no es muy compleja. El estado tiene que garantizar la excelencia de la educación que reciben sus ciudadanos. El primer paso es acabar con el apoltronamiento de los profesores. Se acabaron las oposiciones con garantía vitalicia. Quien quiera ejercer de profesor, debe estar dispuesto a demostrar constantemente que puede hacerlo. Un sistema de licencias, por un número determinado de años, que permita ejercer de profesor, no es difícil. Ya existen en otras profesiones. Cada cinco, cada diez, cada siete años… cualquiera que pretenda mantener su licencia en vigor debería probar su capacitación, sus méritos: resultados, conocimientos adquiridos, formación profesional a la que se ha sometido durante ese tiempo, publicaciones, investigaciones, evaluaciones de rendimiento profesional por parte de los directores… Hay mil fórmulas para ello. Pero, de una u otra manera, hay que acabar con el pesebrismo y remover la vocación y la entrega profesional del profesor.

Esa licencia no debe distinguir entre “tipos” de profesores. No creo que el estado deba tener una plantilla de profesores. Esa licencia debería acreditar a cualquier profesor para trabajar en cualquier escuela… que le contrate, sea sostenida con dinero de todos o bien, con dinero de unos pocos (“pública” y “privada”, son diferencias artificiosas y lamentablemente políticas).

Ya seguiremos con tantas otras cosas que deberíamos cambiar de raíz en nuestro sistema educativo. Por ejemplo, los directivos; por ejemplo, las AMPAS; o los consejos escolares; o los sindicatos.

Desgraciadamente, hay tanto que destruir para poder recomenzar…

Argako urretxindorra