viernes, 17 de octubre de 2014

Ébola: animalistas, falsos defensores de los animales

Tengo un perro; se llama Ron. No es mi mascota, eso se queda para las tortugas o los hámsteres. Es mi perro. Y es genial. Es el primero, y a veces el único, que viene a saludarme cuando llego a casa, como si hubiese estado ausente diez años; me hace fiestas y le gusta que se les haga yo a él. Me acompaña allá por donde voy, unas veces moviendo el rabo, contento, y otras más alicaído. Cuando estoy leyendo se suele tumbar a mi lado y se duerme con un ojo medio abierto, pendiente.

Ron y yo no hemos discutido nunca. O me da la razón –eso creo yo- o guarda un agradable silencio que a mí me parece de aprobación despreocupada. Come todo lo que puede y, como le hemos maleducado, juega con los cojines, se duerme en los sillones y hasta te quita la galleta si te descuidas. Es un animal delicioso y no hay más remedio que quererle. Así es la cosa.

Lo mejor de Ron es que es un ser razonable. No todo en él es predecible pero siempre es razonable. Es un perro y siempre actúa como un perro: duerme como un perro, ladra como un perro, salta como un perro, te lame como un perro, se asusta como un perro, es territorial como un perro, come como un perro… Es la unidad entre ser y hacer, lo natural, en definitiva. Y lo admito: en lo que a compañía se refiere, prefiero la de mi perro a la de muchas personas. Como puedo elegir hasta cierto punto…

Leyendo y viendo algunas de las cosas que suceden en nuestro país, al hilo del ébola en este caso, pero puede ser de cualquier otro asunto, mi lista de personas cuya compañía no me gustaría tanto como la de Ron ha aumentado un poco: los falsos defensores de los animales –muy falsos, en mi opinión- han entrado de lleno en ella. Y es que no son razonables como él; al menos no en lo que les caracteriza. Son bastante predecibles pero poco razonables, al revés que mi perro.

¡Ay, el sentimentalismo! Está tan extendido en nuestra sociedad… Gusta tanto el sentimentalismo… Vende tanto… Todos conocemos de qué van estas cosas. Claro que los sentimientos aparecen y desaparecen cuando les da la gana, sobre todo si eres un poco blandurrio –poco entrenado, no muy educado, entiéndaseme-. Van y vienen como pedro por su casa. La cosa es que si uno no es capaz de ponerlos en el sitio que les corresponde se adueñan como auténticos tiranos del pensar y del hacer. Cuando aparecen nos empujan a empellones; y cuando desparecen, se acabó nuestra gasolina y nos dejan tirados en la cuneta y habitualmente, a otros congéneres.

El hombre es algo más que sus sentimientos o debe serlo. Cuando no gobierna la cabeza, asistida entre otros por los sentimientos, son estos últimos quienes lo hacen, pero sin asistentes: lo primero que se cargan, desde su totalitarismo, es a la razón. Y uno deja de actuar como auténtico ser humano.

Eso sin tener en cuenta que los malos sentimientos también existen, como Teruel.

Así, cuando mi sentimiento de pena por el tal Excálibur , el perro por excelencia últimamente, se adueña de mí no "puedo" evitar que otro sentimiento, el de la rabia, nazca desde lo más hondo de mi corazón. Y, a poco que me sienta provocado, un profundo sentimiento de venganza contra los asesinos maltratadores va tomando cuerpo.

Y, ¿mi razón? ¿Dónde anda, que no la encuentro? Pues es que ya no está donde debería, se ha tomado unos días de asueto. Los sentimientos han okupado su despacho y debe andar por Cancún ahora mismo.

Predecibles, pero no razonables.


¡Qué bien me cae Ron! (Toma, bonito, toma; ven, Ron, toma)



Argako urretxindorra

martes, 14 de octubre de 2014

Ébola: el Padre Garayoa (y un correíto) (II)

“Cercano un día tan especial para nosotros los misioneros, te recuerdo más que nunca Manuel[1]. Supongo que al cielo también llegarán las noticias y te habrás enterado del lío que has montado en España. No sé si te queda algún milagro en tu poder, porque aquí los hiciste a manos llenas, pero intenta por todos los medios interceder para que Teresa, la mujer que te estuvo cuidando, venza al virus y vuelva a abrazar a los suyos. Me debes el abrazo que las prisas me privaron de darte. Nos lo daremos cuando Dios quiera. Ahora tú sabes más que yo de la vida eterna y sabrás también si será posible compartir de nuevo la charla, el chorizo, el pan y el vino. Me encantaría. Aquí, en Sierra Leona, te echamos de menos. Oye, y dile a Dios de mi parte, que si algún mérito he hecho en mi vida, que me los pague todos salvando a Teresa. Vamos a rezar juntos, tú arriba y yo abajo, para que recobre la salud antes del Día de las Misiones, el día 19, y así lo podamos celebrar por todo lo alto.”

Así escribe José Luis Garayoa el pasado sábado, once de octubre. Personalmente, me resulta emocionante su naturalidad en la fe. La de un hombre inteligente, cultivado y entregado a Dios a través de los necesitados; la naturalidad de un hombre recio, duro en el mejor sentido de la expresión y con un corazón bueno. La de un hombre que sabe llorar y seguir adelante, más fuerte si cabe.

Como dije en la anterior entradilla sobre el Padre Garayoa, miseria y bondad, a raudales ambas, se entremezclan en situaciones graves con una facilidad que parece imposible. Y no hay más remedio; es inevitable comparar. Os dejo, queridos amigos, un correo que recibe el Padre Garayoa hace pocos días (copio literalmente): “Como se atreve usted a ningunear la vida de un ser vivo, ¿que no se le da repercusión a la vida de niños africanos?, pués (sic) para empezar y terminar usted está allí con fondos de ciudadanos particulares y públicos(impuestos de ciudadanos) que no sólo pensamos en los niños conmo (sic) usted, que nos preocupamos de que cuando éstos dejen de serlo tengan una vida digna, no como usted  que se preocupa nada más que de ellos hasta los quince años después que los (sic) den, vergüenza me dá (sic) usted”.

La buena señora (porque es fémina) no está segura de que su mensaje le haya llegado. Así que insiste (vuelvo a reproducir literalmente y omito los sic por pereza): “disculpe pero en mi anterior mensaje estaba mal la direccion de correo, por si acaso no le ha llegado,le repito: vergüenza dá que ningunee la vida de un ser vivo, le repito q usted está ahí(y por cierto bastante bien porque no se le ve ni de lejos desnutrido o con mal color) gracias al dinero de los particulares, privado y público,q no sólo nos preocupamos de los niños, sino de éstos cuando dejan de serlo(nó como usted q mucho para los niños y después q los den). Por otro lado señor mio, si no repetan la vida del perro por humanidad que seria la 1ª causa que lo hagan por ciencia, ya q el resultado + o – seria un dato para luchar contra el Ébola. vergüenza de que exista usted.”

A mí me deja sin palabras. El misionero escribe: «No es un alegato de defensa porque no ofende quien quiere, sino quien puede. Y a mí esta señora nunca me ofendería. Simplemente, a modo de comentario, deciros que en la misión tenemos en estos momentos 4 perros que llamamos por el nombre de los expatriados que, al salir definitivamente de Sierra Leona, creyeron que nosotros al menos les daríamos de comer: Boloi, Mona, Jambi y Bernard. Cuando nos tocan a la puerta niños con hambre, por mucho que quiera a los cuatro, tengo muy claro el orden de prioridades: primero, arroz para los niños. Mi familia lloró cuando perdimos a Durka, pero estoy seguro de que les duelen más mis niños. »

Ya hace tiempo que vemos el comportamiento de muchos de los considerados animalistas. Las cosas son como son; cuando les veo juntos, siempre en vociferante pandilla, no me atraen lo más mínimo. Al contrario, me resultan profundamente desagradables y agresivos. Cuando tengo la paciencia de leerles, no siento las más mínima empatía, como dicen ahora. Por el contrario, me resultan peligrosamente demenciales y, desde luego, nada fiables, al menos para el resto del género humano.

Tienen la costumbre arraigada de insultar, prontos al grito de ¡Asesinos! y raudos a la invectiva de ¡Ignorantes!

Por sus hechos se les conoce y ningún comentario mío se acerca, ni de lejos, a la lectura tranquila de este doble correo.

En la próxima entradilla transcribo otro más que tampoco se queda manco.


Argako urretxindorra



[1] Se refiere a Manuel García Viejo, su gran amigo muerto hace poco en España, víctima del ébola.

lunes, 13 de octubre de 2014

Ébola: El Padre Garayoa. (I)

El siete de agosto cumplió 62 años. En Kambia, Sierra Leona. Y sigue allí. Fue en 2005, para cinco años... y han pasado casi diez.

Ya había estado antes, precisamente, en otra época terrible paraSierra Leona, es decir, para la gente -las personas- de Sierra Leona. Y no tuvo suerte. En plena guerra civil, a él le secuestró uno de los grupos y lo fueron a fusilar el 25 de febrero de 1998. Él lo cuenta así: «Yo acababa de llegar y tenía fiebres tifoideas. Estaba recuperándome en el hospital de los Hermanos de San Juan de Dios en Mabesseneh cuando los rebeldes atacaron y nos llevaron como rehenes a tres religiosos, a un cooperante español y a mí.» «Cada día yo celebraba la misa con mis compañeros, sentados en el suelo, con una cruz de madera; partíamos un poquito de pan y chupábamos las migas. Di la absolución general dos veces. El 25 de febrero nos querían fusilar a las 2 de la mañana. Nos abrazamos, nos despedimos, ¡y a morir por Dios! Yo no tenía miedo. Te fías de la misericordia de Dios».

En efecto, se trata de José Luis Garayoa Alonso, el Padre Garayoa, misionero Agustino Recoleto nacido en un pueblo navarro, Falces, como no puede disimular tan pronto se pone a hablar. Por cómo dice las cosas y por las cosas que dice.

El Grandpa, el abuelito, como le llaman los niños en Sierra Leona, es un tipo duro y claro: «Después de pasar tres malarias, la solidaridad se acaba. Yo en tres años llevo 10 malarias y tres tifoideas. Si aguanto, es por fe, porque soy sacerdote y anuncio la Buena Nueva.»


A su pesar, el Padre Garayoa se ha hecho un poquitín famoso últimamente. Le han llamado varios medios de comunicación españoles a raíz de la muerte del sacerdote y médico español Manuel García Viejo, amigo muy personal de José Luis; por ello y porque tras la muerte de los misioneros españoles, ya solo quedan tres en Sierra Leona.

Decía en una entrevista poco después de la aparición del terrible brote: «Tengo miedo, mucho miedo, pero de una entrevista que leí hace tiempo se me grabaron a fuego estas palabras: "El miedo es el asesino del corazón humano, porque con miedo es imposible ser feliz y hacer felices a los otros." Solo se puede afrontar el miedo con la aceptación, porque el miedo es resistencia a lo desconocido. Llevo días recibiendo mensajes de teléfono y correos electrónicos preocupados por las noticias que tanto los periódicos como la televisión comentan acerca del nuevo brote de Ebola en Guinea Conakry. Los que me quieren, y lo entiendo, me invitan a ser más precavido y, si es posible, a dejar Sierra Leona para evitar el contagio». Y añade a continuación: «Si, como dice el Papa Francisco, el pastor debe de oler a oveja, conviviendo cerquita de ellas, con mucha más razón deberá estar presente si el lobo las ataca. Solo el asalariado huye cuando ve llegar el peligro. El buen pastor es el que da la vida por las ovejas. Y eso es amor que de Jesús de Nazareth aprendí. Nuestras vidas siguen estando en las manos de Dios, no en las de un virus así se llame Ébola».

A pesar de la enormidad de su tarea, la que él ha querido, la que él ha decidido por Dios y para los hombres, no deben creer que todo el mundo la reconoce, ni mucho menos. Es más, hay quien tiene una mente tan absurdamente retorcida como para enviarle algún correo electrónico tan zafio como malévolo. En la próxima entradilla transcribiré alguno y lo que José Luis Garayoa piensa al respecto. Además de sacerdote misionero, es navarro.

Argako urretxindorra


sábado, 11 de octubre de 2014

Ébola: un esfuerzo por desoír

Hablando de miserias y heroicidades. Decía un, todavía, joven colega a sus muchachos adolescentes para hacerles, ver de vez en cuando, su egocentrismo: "Yo, me, mi, mi mundo, mi vida... mi mierda." Me parece una síntesis maravillosa que da para pensar un buen rato.

Los chavales, a esa edad, son aún egocéntricos. Los adultos ya hemos dado el paso definitivo y somos plenamente egoístas. Y del egoísmo, primer hijo de la numerosa familia que tiene la soberbia, suelen ir de la mano sus hermanitos: la insolidaridad, la miseria de conciencia, la ruindad, la cobardía... no sería capaz de agotar tan numerosa prole.

Aunque uno es lo que es, las circunstancias suelen servir de disparador para mostrar a los demás cómo somos profundamente.

De los animalistas no diré una palabra por hoy aquí.

Me sobrecoge, una vez más, observar el panorama. Aquí, donde la vida de una persona, Teresa Romero, está en gravísimo riesgo, asisto a una nueva partida de ruines enemigos, que no adversarios. Unos, muertos de miedo, hacen gala de su inepcia en rueda de prensa, de su falta de decoro, de su chulería acojonada, de su inoperancia, de su cobardía, de su miserable sálvese quien pueda.

Los otros muestran su inquina política, su odio personal, su mala baba, su desproporcionalidad, su violencia y su falta de corazón.

No por conocido todo ello deja de desalentarme. Y la pobre Teresa Romero, mujer que lucha entre la vida y la muerte, mujer que fue tan valiente como para presentarse a cuidar los últimos días del doctor y sacerdote Manuel García Viejo, parece ser lo menos importante en todo esto. Hasta su perro fue colocado por encima.

Yo sí pido ahora la dimisión de Ana Mato, a la que su jefa la ha tenido que apartar de un manotazo por su tremenda no-gestión.

Yo sí pido ahora la dimisión de Javier Rodríguez, Consejero de Sanidad de Madrid, por su impresentable actitud y su probada falta de criterio.

Pero, ¿qué hago con los demás? ¿Qué hago con Arturo Pérez Reverte? ¿Qué hago con los sindicatos de la Sanidad pública madrileña? ¿Qué hago con Carlos Rodríguez, el veterinario de cabecera de Onda Cero? ¿Qué hago con las enfermeras del Carlos III que, sin estar en absoluto relacionadas con la unidad contra el ébola del hospital, muestran su violencia a las puertas del mismo ante la visita a Teresa del Presidente Rajoy? ¿Qué puedo hacer con ellos si no tienen dimisión que llevarse a la boca?

Dos hombres murieron después de salvar muchas vidas en África; una mujer está en gravísimo peligro de perder la suya por ayudar a los demás, errores humanos al margen... Pero algunos, la minoría ruidosa -ciudadanos, periodistas y políticos-, no quieren dejar que nos centremos en lo importante, en lo humano, en lo sensato.

Merece la pena hacer un esfuerzo por desoír el ruido ambiente y fijarse en lo importante; y callar; pensar; y... ¿rezar, tal vez?


Argako urretxindorra

jueves, 9 de octubre de 2014

Ébola: “Propongo poner en observación al perro y sacrificar a la ministra. No hay color”

Y escribe el muy guasón: “Propongo poner en observación al perro y sacrificar a la ministra. No hay color”… ¡Qué ocurrente! Qué gracioso… de no creerme que, viniendo de quien viene, lo dice en serio.

No sé si puso también un emoticono cachondo para aclaración del personal en este punto, pero imagino que no, dada la adustez del sujeto.

Aun le recuerdo en sus tiempos mozos reporteriles, su espigada figura, su gafas de pasta, contándonos las hazañas bélicas de aquellos países que tan lejos nos parecían entonces. ¡Quién lo iba a decir! Aquel chico no tenía pinta de escritor exitoso ni de sesudo académico de la R. A. E. Y mucho menos de tipo amargado… La vida (¿los hombres, tal vez?) no deja de sorprenderte.

Pero todo aquello se hizo realidad un tiempo después. Y aquel chico de voz atípica, flaco y alto, que usaba gafas de pasta y se la jugaba en los campos de batalla cambió. Cambió las gafas por lentillas, los reportajes por libros, el polvo de Gaza por el sillón del palacete de Miguel Aguado de la Sierra y el coraje por la amargura.

Y en estas estamos: aquel joven reportero, hoy escritor rico y excelentísimo académico, propone salvar a un perro y sacrificar a la ministra de Sanidad. Y cuando alguien le eche en cara su barbarie, él se reirá diciendo que sacrificar, en este caso, significa que dimita. ¡Ah, malpensados! Para algo es un escritor afamado y un señor académico..., eso sí, amargado.  



Argako urretxindorra

Ébola: y¿qué tal si nos callamos un ratito?


En situaciones de tensión se puede esperar de nosotros lo peor y lo mejor, el pánico y el heroísmo, lo miserable y lo sublime. Pero… qué avergonzado me siento de tener que asistir a muchas de nuestras patéticas reacciones biliosas a cuenta del Ébola.

Tengo para mí que muchos deberían haber mantenido la boca cerrada o haberse puesto guantes de boxeo para no poder escribir en las cloacas de las redes sociales. ¡Cuánto cretino! ¡Cuánto imbécil! ¡Cuánto canalla!

Y también tengo para mí que los mejores, los héroes, los sublimes no hablan sino hacen, no escriben sino que sirven a los demás. ¿Por qué solo se nos oye a los botarates, yo incluido? Evidente por qué…



Argako urretxindorra