Mostrando entradas con la etiqueta ETA. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ETA. Mostrar todas las entradas

domingo, 14 de junio de 2015

Pamplona ya tiene alcalde de Bildu: para qué ha matado ETA.

Joseba Asirón, nuevo alcalde de Bildu en Pamplona, ayer
El sábado ha sido un día triste para mí. Es un sentimiento personal. Para otros, ha sido un día de jolgorio y alegría: es otro sentimiento personal.

Un hecho: el sábado, un alcalde de Bildu-Batasuna ha sido elegido alcalde de mi Pamplona por otros políticos, que no por los pamploneses.

De este hecho viene mi sentimiento; del mismo hecho procede el sentimiento de esos otros.

Este hecho ya estuvo a punto de suceder hace 36 años. Ganó aquellas municipales la UCD, y Herri Batasuna, con el infausto Patxi Zabaleta a la cabeza, quedó en segundo lugar. La diferencia entre ambos fue de solo 800 votos. La tercera fuerza, el entonces Partido Socialista de Euskadi – Partido Socialista Obrero Español (sí, entonces era “de Euskadi”), fue la tercera fuerza con un 6,5% de votos menos que la UCD.

Fueron días convulsos, de esos de llegar a las manos. La aritmética quedaba así:

UCD + UPN = 13 concejales.
HB + PSE_PSOE + PNV = 14 concejales.

Patxi Zabaleta (HB) se postuló para ser el alcalde; le separaban tan solo 800. Pero no fue alcalde. En aquellos días convulsos de llegar a las manos, el PSE-PSOE se negó a votar un alcalde de HB. Finalmente, se produjo el estrambote: el alcalde fue Julián Balduz, tercera fuerza, con los votos de su propio partido, del PNV y, curiosamente, los de HB, segunda fuerza que se quedó sin la alcaldía querida.

En 36 años han sucedido muchas cosas. Por ejemplo, que la distancia entre UPN y Bildu ya no es de 800 votos, sino que el primero duplica al segundo.

Pero han sucedido más. Hasta entonces, los representados por Herri Batasuna en el ayuntamiento habían asesinado en las calles de Navarra a

1.- Joaquín Ímaz Martínez (1977).
2.- José Manuel Baena Martín (1978).
3.- Manuel López González (1978).
4.- Francisco Berlanga Robles (enero, 1979).
5.- Jesús Ulayar Liciaga (ex alcalde de UPN en Echarri-Aranaz, enero 1979).
6.- Pedro Fernández Serrano (abril, 1979).

Seis personas asesinadas. Y Herri Batasuna no consiguió la alcaldía de Pamplona. Desde entonces hasta hoy, hasta que, por fin, la han conseguido, han tenido que asesinar a:

7.- Carlos Sanz Biurrun (octubre, 1979).
8.- Sebastián Arroyo González (enero, 1980).
9.- José Oyaga Marañón (1 de mayo de 1980).
10.- Jesús Vidaurre Olleta (1 de mayo de 1980, junto al anterior).
11.- Francisco Puig Mestre (16 de mayo de 1980).
12.- Francisco Ruiz Fernández (16 de mayo de 1980, junto al anterior).
13.- Ángel Postigo Mejías (junio, 1980).
14.- José Luis Prieto García (marzo, 1981).
15.- Vicente Luis Garcera López (abril, 1982).
16.- Juan Antonio García González (julio, 1982).
17.- Alberto Toca Echevarría (octubre, 1982).
18.- Gregorio Hernández Corchete (octubre, 1982).
19.- Fidel Lázaro Aparicio (28 de mayo de 1983).
20.- Antonio Conejo Salgueiro (28 de mayo de 1983, junto al anterior).
21.- Jesús Blanco Cereceda (junio, 1983).
22.- Jesús Alcocer Jiménez (13 de abril de 1984).
23.- Juan José Visiedo Calero (13 de abril de 1984, el mismo día en distinto atentado).
24.- Tomás Palacín Pellejero (13 de abril de 1984, junto al anterior).
25.- Luis Ollo Ochoa (mayo, 1984).
26.- Diego Torrente Reverte (junio, 1984).
27.- Alfredo Aguirre Belascoáin “Godo” (13 años, un “mal necesario”, según su asesina. 30 de mayo de 1984).
28.- Francisco Miguel Sánchez (30 de mayo de 1985, junto al anterior).
29.- Juan Atares Peña (diciembre, 1985).
30.- Mari Cruz Yoldi Orradre (63 años, repartidora de periódicos; seis hijos; octubre, 1987).
31. Antonio Fernández Álvarez (21 de agosto de 1988).
32. José Antonio Ferri Pérez (21 de agosto de 1988, junto al anterior).
33.- Julio Gangoso Otero (octubre, 1988).
34.- Francisco Almagro Carmona (junio, 1990).
35.- José Luis Hervás Mañas (junio, 1990).
36.- Eduardo López Moreno (abril, 1995).
37.- Tomás Caballero Pastor (concejal UPN en Pamplona, 6 de mayo de 1998).
38.- Francisco Casanova Vicente (agosto, 2000).
39.- José Javier Múgica Astibia (concejal UPN en Leiza, 14 de julio de 2001).
40.- José Carlos Beiro Montes (septiembre, 2002).
41.- Bonifacio Martín Hernández (30 de mayo de 2003).
42.-  Julián Embid Luna (30 de mayo de 2003, junto al anterior).

Treinta y seis personas más en estos 36 años. Cuesta, cuesta mucho escribir una lista tan larga, letra a letra, nombre a nombre. Te da tiempo a pensar en cada uno de ellos un momento mientras va apareciendo su nombre poco a poco. Eran personas vivas que los representados por Bildu decidieron que murieran. Como un césar romano, pusieron su pulgar hacia abajo, sacaron sus pistolas y les destrozaron la cara o les reventaron con una bomba. Como dioses de su infierno, decidieron que unas mujeres y unos maridos ya no volverían a ver a sus maridos ni a sus mujeres; que unos padres y unas madres ya no besarían nunca más la mejilla de sus hijos; decidieron que unas niñas y unos niños no serían criados, educados ni queridos por su madre o por su padre.

Esto ha pasado en los últimos 36 años.

Ya, apenas me importan los porqués. Lo que no quiero olvidar nunca es para qué: ¿para qué los mataron? Que cualquiera que lea esto, por favor, lo piense por un instante: ¿para qué los mataron? ¿Para conseguir qué?

¿Entiendes ahora el precio de la Alcaldía de Pamplona? ¿Entiendes ahora quién pagó del precio de la Alcaldía de Pamplona? ¿Entiendes ahora?

Por encima de las ideologías, de la política, de las mezquinas aritméticas, de los miserables acuerdos políticos, de los malditos sentimientos nacionalistas, muy por encima de todo ello, a años luz de distancia, hay muchas cosas todavía. Está la bondad, la verdad, la caridad, la honradez, la conciencia, el bien, el amor, la misericordia, la ternura, el corazón humano… está la vida.

Pero hay quien no quiere sacar la cabeza del marasmo putrefacto en el que viven, siquiera un momento, para respirar, para ver que sigue habiendo algo más ahí arriba, para sentir que hay límites y que esos límites son los que realmente nos permiten ser seres humanos.

Y tampoco quiero olvidarme de que casi todos hemos participado de esta matanza, de que casi todos hemos hecho posible esta matanza, cada uno en la medida de su comportamiento, de su actitud.

Todo lo que hacemos lo hacemos para algo. Asimismo, mucho de lo que no hacemos no lo hacemos para algo. Hacer y no hacer son ambas causas que buscan consecuencias.

En Pamplona, como en Navarra, como en toda España, en nombre de la política y del poder se han violado realidades que están muy por encima de ambas. ETA ha matado para algo; Telesforo Monzón creo Herri Batasuna para algo. Aquellos, para lograr torcer la voluntad del pueblo y de los gobiernos y para construir Euskal Herria. Estos, con sus diferentes nombres, para ser depositarios de los logros conseguidos por aquellos asesinatos y para construir Euskal Herria.

Pablo Iglesias, de Podemos
Lo que ha ocurrido en Pamplona y ocurrirá en el Parlamento de Navarra no ha de interpretarse o entenderse o circunscribirse a la política porque está más allá. Aquí, aupándose en una pila de 42 cadáveres, Bildu-HB ya está un paso más cerca de aquello para lo que nació. Y, subiéndose en ese mismo montón de cadáveres, el PNV, Izquierda Unida y Podemos les han dado sus votos para conseguirlo.

Entiendo, pues, perfectamente por qué Pablo Iglesias, en un arranque de ira, declaró en Tele5, en el programa de Ana Rosa Quintana, que UPN son “unos corruptos y unos sinvergüenzas”. Miente, porque no hay corruptos en UPN, ni siquiera imputados, después de décadas de gobierno y de innumerables campañas falsarias que nunca han llegado a nada. Pero él sabe que, desde la poltrona de su engreída superioridad moral, a cualquiera que señala con su dedo acusador lo convierte en corrupto; y a pocos les importa si es verdad o no. Y llamar sinvergüenzas al único partido que ha puesto los muertos en Navarra, eso no tiene nombre. Y toda su ira porque no estaba dispuesto a que alguien tuviera la infeliz idea de ponerse a pensar qué está sucediendo: había que desviar la atención inmediatamente. Ni siquiera los representantes de Bildu se atrevieron a contestar la carta abierta de María Caballero[1]. Pablo Iglesias fue el único. No es un problema local: Podemos y Pablo están esparcidos por toda España.


Argako urretxindorra

[1] María Caballero es hija de Tomás Caballero, subrayado en la lista de asesinados por ETA.

miércoles, 29 de octubre de 2014

Unos asesinatos de ETA, sin más. (III)

Escena 9, 30 de mayo de 1985, 21: 38 horas

Alfredo, de trece años, estudiante de 7º de EGB, vive con sus padres y con su hermano mayor, Luis, de diecisiete, en el número 13 de la calle de la Bajada de San Francisco Javier, la Bajada de Javier. Le quedan poco más de dos semanas para terminar el curso.

Su madre, Mari Carmen, después de pasar la tarde con su marido en el Club Natación se ha acercado a casa de su vecina Blanquita, que vive un poco más arriba, en el portal 16. Había quedado con ella en ponerle unas flores en un jarrón; ella se da "mucha maña" con esas cosas y es una buena amiga.

Blanquita se ha asomado al balcón y Alfredo, que está en la calle junto al portal le grita:

- Blanquita, una mujer preñada ha dejado una bolsa en tu portal.

- ¡Pues ya podía haber dejado la basura en su propia puerta! -respondió la mujer y se metió en casa.

Por entonces, la basura se dejaba en bolsas cerradas en el portal para ser recogida. Blanquita se sentó en una silla de la salita junto a Mari Carmen y a Luis, los padres de Alfredo.

Escena 10, 21:20 horas

Mercedes Galdós se ha acercado al portal número 16 de la Bajada de Javier. Una vez en él, se desembaraza de la bolsa que lleva bajo el vestido y la deja dentro. Inmediatamente vuelve sobre sus pasos hacia la Plaza del Castillo donde la espera, en el coche, José Ramón Artola Santiesteban. Se detiene poco antes de llegar a la calle Estafeta, transversal a la Bajada de Javier. Desde allí puede ver tanto el portal como a su camarada.

Escena 11, 21:22 horas

En la sala del 091 se recibe una llamada.

- Policía Nacional, dígame.

- ¿Oiga? Mire, aquí, en la Bajada de Javier, hay drogata pegándole a su madre- dice una voz de hombre.

- ¿En la Bajada de Javier? ¿A qué altura?

Por desgracia, no es algo raro en aquellos años de caballo.

- Es a la altura del 16. La está metiendo en el portal a golpes. ¡Dense prisa porque la está machacando!

- De acuerdo; ya vamos para allá.


Escena 12, 21:34 horas

Godo, Alfredo, vuelve de cerrar su bicicleta en la bajera. Se dirige al portal de Blanquita para hacérselo saber a su madre, Manuela, e ir a cenar con ella y su padre a casa, en el portal 13. Su hermano Luis y él siempre dan dos timbrazos largos; es como una contraseña para que sepan arriba que son uno de ellos.

Escena 13, 21:23 horas

- H-0 para Z-10 y Z-20, cambio.
- Aquí Z-10 para H-0, cambio -contesta Francisco, desde su vehículo.
- Adelante para Z-20, cambio -responde a su vez Manuel.
- Diríjanse a la Bajada de Javier, número 16. Parece que un drogadicto está agrediendo a su madre. Denme "recibido", cambio.
- Z-20 recibido, corto.
- Z-10 recibido; pasamos a cumplimentar, corto.

Francisco se dirige ahora al otro coche del tándem:

- Manolo, vamos para allá a toda pastilla que estos, con el síndrome, tiran de cuchillo enseguida.

Los dos Talbot Horizón de la policía aceleran bruscamente mientras encienden las sirenas y los ópticos azules. Se dirigen, sorteando el denso tráfico de esas horas, hacia la calle Estafeta para acceder después, por la derecha, a la Bajada de Javier.

Escena 14, 21:29 horas

Mercedes mira un escaparate, ya con la iluminación encendida. A lo lejos oye las sirenas de la policía. Su corazón comienza a latir ligeramente más deprisa. No puede evitar apretar más fuerte la culata de su pistola que lleva en el bolso colgado de su hombro derecho.

Mis amigos y yo seguimos la conversación en la calle, al otro lado del río Arga, mientras los paseantes aprovechan el último ratico antes de irse definitivamente a cenar.

Manuela, la mujer de Francisco, en la salita, está viendo sin mucha atención la sección del tiempo del Telediario. Tiene la revista a un lado. Las niñas ya hace un rato que se han dormido y se levanta para preparar la cena para ella y su marido.




Unos asesinatos de ETA, sin más. (II)

Escena 6

30 de mayo de 1985, 20:23 horas.

Mari Carmen Belascoain y su marido están "dando una vuelta" por el Club Natación. Son socios y les gusta bajar por allá cuando hace buen tiempo. A la orilla de río se está bien tomando un cafetito y charlando con los conocidos. Uno de los hijos, el pequeño, Alfredico como le suele llamar Mari Carmen ha estado entrenando con la piragua y, ahora, andaba zascandileando de aquí para allá. Pero ya estaba aburrido.

- "Mami" -le solía llamar mami- "me subo a casa con la bici, ¿vale?"

- "Vale", -le contesta Mari Carmen- "pero ten cuidado no te vayan a atropellar."

- "No te preocupes, mami."

"Godo" se despide de sus padres y se monta en la bici para remontar la tremenda rampa que hay desde el Club Natación hasta el Casco Antiguo de Pamplona, donde vive. La distancia es corta y "Godo" es puro nervio así que se presenta en su calle, la Bajada de Javier, como la llama todo el mundo, en pocos minutos. Su madre le ha echado una última mirada, orgullosa. Y le comenta a su marido:

- "¿Sabes que me dijo el otro día Alfredico?

- "¿Qué te dijo?"

- Que le enseñara a bailar.

- "¿A bailar?"

- "Sí, a bailar. Y le digo yo: «Ahora no tengo tiempo, hijo. ¡Qué cosas tienes!» Y enciende el caset, me coge de la cintura y de la mano y me dice: «Venga, mami, enséñame.» ¿Qué te parece?

- "Que sois los dos iguales, ¡qué me va a parecer!" dice Luis sonriendo.

Escena 7, 20:55 horas.


Pamplona, como tantas otras ciudades de España en esos años, sufre el azote brutal de la heroína. El caballo campa por doquier destrozando la vida de muchas familias. Algunas zonas del Casco Antiguo   son lugar de tétrica peregrinación de aquellos sumidos en la desesperación más vacía, en la desesperación más urgida, rendidos a los pies del caballo inmisericorde.

En aquella época, las patrullas de la policía en la ciudad no se hacían por parejas. Solían ir tres o cuatro agentes en un mismo vehículo y, normalmente, trabajaban juntos dos coches. Pero esto no se debía a la droga. Esto era debido a ETA. En lo que iba de ese año 85, en cinco meses, habían matado a 12 personas: un panadero, el director general del Banco Central, un posible camello, el jefe de la Ertzaintza, un analista químico, cuatro agentes de la Policía Nacional, un inspector del Cuerpo Superior de Policía, un taxista y el jefe de personal de una empresa de armas. A este último, le habían pegado un tiro en la nuca esa misma tarde, dos horas y media escasas antes de esta escena. Solo en este mes de mayo, ETA había asesinado a siete de estas pobres personas, una cada cuatro días.

Pero el aumento de agentes no suponía mucha más seguridad. Una bomba podía liquidar a todos juntos. Por eso, además tenían que tomar precauciones adicionales. Los dos coches no iban juntos, aunque sí cercanos, y acudían a la vez a realizar el servicio. Tampoco detenían los vehículos en el mismo sitio sino que uno permanecía a cierta distancia del suceso a modo de cobertura del otro. Todos los agentes descendían de los coches y ocupaban el lugar que correspondía a cada uno en el despliegue, que eso es lo que suponía cada servicio que tuvieran que realizar, por pequeño que fuera.

Francisco, el marido de la joven Manuela, pertenecía a una de las dotaciones de seguridad ciudadana, del 091. El indicativo de su patrulla era Z-10 y hacía tándem con Z-20. Tenían asignado un sector que incluía el Casco Antiguo de Pamplona. Él era el usuario de su vehículo, es decir, el responsable de Z-10 y, por prelación, también del servicio con Z-20. El usuario de este último era su amigo Manuel, Manuel Picardo. 

Escena 8, 21:12 horas

Mercedes lleva un traje de pre-mamá de flores. Desde que se han montado en el coche, José Ramón y ella no se han dirigido la palabra; cada uno va a lo suyo. A pesar de la agradable temperatura, llevan las ventanillas subidas. De vez en cuando, Mercedes se mueve para acomodarse; su tripa la obliga a cambiar de postura pero no termina de encontrarla. La posición que lleva no ayuda nada; de espaldas a José Ramón, con el brazo izquierdo se apoya en el salpicadero y con el derecho se agarra con fuerza al respaldo de su propio asiento. Es un equilibrio poco estable pero le permite ver, con un giro de cabeza, lo que sucede detrás, en el lateral derecho y adelante.

José Ramón conduce despacio y con extremada precaución. Lo que menos desea es tener el más mínimo problema de tráfico. En aquella época, se podía circular todavía por el Casco Antiguo de la ciudad.

Enfila la Plaza del Castillo, una plaza muy amplia, ligeramente rectangular con un gran kiosco en el centro de la zona peatonal rodeado de pequeños jardines y parterres llenos de flores y de hierba verde. Es ahora cuando, por fin, Mercedes se sienta hacia adelante. Sujetándose la tripa con ambas manos, repara en un joven que está junto a una cabina telefónica y que, al pasar, se introduce una mano en el bolsillo derecho.

José Ramón, acelera un poco y da la vuelta completa a la plaza. Hay mucha gente porque cerca están abiertas todavía las casetas de la Feria del Libro de ese año. Enseguida llegan de nuevo  junto a la cabina telefónica en la que el joven de antes se ha metido. Con la mano derecha aún en el bolsillo, sujeta el auricular con la izquierda.

Hay varios coches en doble fila porque no es nada fácil encontrar aparcamiento en la plaza. Suelen ser de los clientes de las innumerables terrazas que hay en las anchas aceras. Mercedes le indica a José Ramón:

- "Para aquí." E, inmediatamente, abre la portezuela y se baja a la altura de la bocacalle de la Bajada de Javier, que cruza la calle Estafeta desde la Plaza del Castillo.

Argako urretxindorra

lunes, 27 de octubre de 2014

Unos asesinatos de ETA, sin más. (I)

Escena 1

30 de mayo de 1985, 21:30 horas.

Era una magnífica tarde-noche. El clima templado de la avanzada primavera llevaba a los paseantes a apurar el tiempo en la calle antes de la cena.

Yo estaba en conversación amena con dos amigos más, disfrutando de la brisa suave y del gusto que da hablar de lo intrascendente. El ingenioso pone la gracia, el callado la sonrisa amable; el hablador salta de un tema a otro sin solución de continuidad. Aquí dos vecinas, allá un matrimonio que pasea lentamente; más allá unos niños siguen corriendo incansables. Son momentos de calma, de tranquilidad en los que nadie espera nada, en los que cualquier cosa sería una sorpresa, probablemente, innecesaria.

Escena 2, 21:05 horas.


Mercedes va en silencio. El coche se mueve más de lo normal pero eso no la pone  nerviosa. El tráfico de esas horas obliga a José Ramón, el conductor, a parar en los cedas y a reiniciar la marcha más veces de las que hubieran querido. Pero Mercedes tiene ya treinta años y esta no es, ni mucho menos, la primera vez. Su propio carácter le da temple y aguante. Ella es así. De momento, todo va bien.

Escena 3, 18:35 horas.


Juan Ramón le insiste:

- ¡"Godo"! No metas tanto la pala, no la metas tanto. Así, así, suave... Eso es, "Godo", eso es.

"Godo" tiene 13 años. Es piragüista. Según su entrenador, Juan Ramón, una auténtica promesa para su equipo. De todos modos, a "Godo" no se le dan muy bien los estudios pero, en lo demás, destaca siempre. Además de sus grandes aptitudes para el deporte, es un chaval que cae bien, muy bien. Es un  chico despierto, simpático a más no poder, noble hasta decir basta... Todo el mundo es su amigo en el colegio y en el Club Natación, su club. En el barrio, dentro del Casco Viejo, los vecinos le conocen desde siempre y como, además, es educado, de los que siempre saluda con una sonrisa, Alfredo, "Godo", es querido, es un chico al que no tienes más remedio que cogerle cariño.

Escena 4, 20:48 horas.


Manuela ya ha metido a las niñas en la cama. Ahora es su ratito. No tiene apenas vida social, no puede tenerla. Luego preparará la cena para su marido que llegará en un par de horas. Mientras tanto, se sienta en la salita de su piso a echar un vistazo a una revista.

La pequeña, de cuatro años, la llama de repente, como si le fuese la vida en ello. Pero Manuela, sin levantar la vista de la revista, ya sabe lo que quiere.

- Sí, levántate. Pero no bebas mucha agua que luego..., ya sabes. Y ya eres muy mayor, ¿eh?

Su marido, Francisco, es policía nacional. Viviendo donde viven, la vida es dura, muy dura. La soledad de una mujer joven, con dos niñas de siete y cuatro años, y la angustia como única compañera, son suficientes para que cualquiera, de pasta normal, se rinda de una vez por todas. Pero ella aguanta. Allá, en aquella ciudad del norte de España, hasta el clima resulta insoportable, y más para una sevillana. Así que los días que hace buen tiempo, los aprovecha para dar un paseo a las niñas por la zona montuosa que linda con el barrio mientras toman la merienda; y para pensar...; sola, siempre sola y angustiada.


domingo, 26 de octubre de 2014

Terrorismo: Mi primer recuerdo de ETA

Los niños tienen una imaginación vital, desbordada. Crean, inventan, actúan. Aquellas cajas de zapatos eran camionetas con todo detalle. Aquellos palos torcidos y nudosos, espadas toledanas de la mejor calidad.

Teníamos batas de rayas blancas y azules verticales. Protegían la ropa de nuestras andanzas escolares y las manos de nuestras madres del jabón Chimbo y del azulete. Pero no eran solo batas. En primavera, a la vuelta del cole para comer en casa, se convertían en capas de cristianos y togas de moros.

La botonadura estaba por detrás; por eso, cada compañero de pupitre se la ataba al otro. A la salida, lo contrario.  Y, rápidamente, nada más traspasar la verja, cada uno cogía su bata y la convertía en capa o tocado. Los cristianos se ataban el primer botón por delante, a la altura del cuello, y dejaban colgando la bata por la espalda. Lo mismo hacían los moros, pero a la altura de la frente. Lo de estos era más incómodo porque apretaba mucho la cabeza. Había veces que esta era demasiado grande para el agujero que permitía el botón y, atada, se la echaban por encima del pelo, con lo que, cada dos por tres, se caía.

Y empezaba la batalla campal. Las espadas y las cimitarras eran invisibles, pero nosotros las veíamos brillar. De nuestros pequeños puños surgían y cortaban el aire haciendo ruido y entrechocaban haciendo ruido. De vez en cuando, en pelea enconada, se acaba el resuello de los contrincantes por un momento y espadas y cimitarras enmudecían, pero la pelea continuaba. El metal imaginado volvía rápido a sonar.

Los niños construyen con la imaginación de los restos que va dejando la vida. Crean con la alegría o con los miedos; con las historias oídas o con las experiencias vividas; con retazos de películas y con renglones de cuentos. Pero, curiosamente, no saben crear tragedias. En su imaginación no ocurren, a pesar de los miedos. Los niños aprenden la tragedia de los mayores, de la reacción de los adultos que les rodean.

Por eso, morir y matar en los juegos de aquellos niños no era trágico sino una parte necesaria de la diversión del juego.

Mi primera conciencia de tragedia es antigua y no muy clara. Pero sí me quedan escenas borrosas. Alguien había muerto y hacían, los mayores, empeño porque no me enterara de nada. Pero resulta imposible evitar la curiosidad de niño, especialmente cuando queda espoleada por el vano intento de ocultar el hecho.

Era uno de esos entreparientes al que yo no conocía y del que ni siquiera había oído hablar. Pero no fue una tragedia de lágrimas y desvanecimientos. Era una tragedia incomprensiblemente extraña. Una mezcla de enfado, rabia y vergüenza junto a la pena. Recuerdo mi silencio.

Años después supe de aquello. No me dejó marcado especialmente. El muerto era familiar de un familiar. No fue llorado en mi casa. Pero sí provocó tragedia, la primera para mí. Le había explotado una bomba que, junto con otro terrorista, estaba preparando. Murieron los dos. El pariente se llamaba Alberto y era joven. Recuerdo frases sueltas:

- Un chico tan joven, qué desgracia para sus padres.

- Hay que tener mucho cuidado con quién andan los hijos.

- No me lo podía imaginar; y sus padres tampoco.

- ¿A quién irían a matar? ¿Cómo pueden llegar a estas barbaridades?

- Cierra la puerta, que el crío aún no estará dormido.

Esta fue mi primera experiencia de una tragedia. En aquel momento, para mí, cosas que no entendía y que no me llamaban la atención más que por la importancia que le daban los mayores. Esta fue mi primera noción de que había gente que mataba a otros de verdad. Y esta fue la primera vez que oí la palabra ETA.


Argako urretxindorra

Terrorismo: Mi primer conocimiento de los "secretas"

Era verano. Yo estaba de vacaciones en el pueblo y tendría unos ocho años. Eran tiempos de Franco. Pese a la idea que pudieran tener algunos jóvenes hoy en día, nuestra infancia no fue en blanco, negro y gris sino a color. Quizá más colores que ahora porque vivíamos en la calle, invirtiendo el día entero en jugar al aire libre y disfrutando de la libertad que te daba estar lejos de la zapatilla materna y tener todo el pueblo y el campo a tu disposición.

Uno de aquellos días, cerca de la hora de comer, iba para casa distraído con los gatos, las mariposas y los abejorros. En la calle Mayor, en esa zona era la más estrecha del pueblo, vi llegar, a pocos metros de mí, a un jicho con muy mala pinta para mi gusto de niño. Pero allí ya no me podía desviar. Así que me pegué a una de las paredes del pasadizo.

Y le miré con la fijeza que solo se permite a un niño. Tenía el pelo negro y largo, hasta los hombros; los ojos muy oscuros y cejas negras pronunciadas. Y una barba larga que apenas permitía un poco de rostro. De repente, el se fijó en mí y me clavó la vista; no recuerdo bien pero creo que me paré apoyado en la pared y sin dejar de mirarle. Cuando estuvo a mi altura me guiñó un ojo y siguió adelante. Sí recuerdo mi desconcierto. Y no deje de mirar su espalda hasta que me quedó oculto por la curva que hace el estrecho pasaje.

No le había visto nunca y eso, en un pueblo pequeño, es raro.

Esa misma tarde andaba yo cazando lagartijas en la pared de la huerta de mi abuelo. Tenía unas cuantas y acababa de ver una grande, con la cabeza levantada al sol que ya iba camino de esconderse tras los montes; me concentré mucho en ella porque era de tripa verde. Las mejores eran las de tripa anaranjada, difíciles de coger porque había pocas, eran grandes y corrían mucho. De todos modos, esta era de las segundas más buenas. Me preparé y, muy concentrado, me fui acercando despacio hacia el saliente de la piedra en la que estaba mi lagartija.

La casa de mis abuelos era la primera del pueblo y estaba ligeramente apartada del núcleo; paso obligado para ir y venir. A esas horas de la tarde era costumbre sentarse a la fresca ante la casa. A mí eso me solía aburrir así que, si no estaba por ahí, prefería la huerta, que estaba enfrente y que siempre me ofrecía algo más divertido que estar sentado "tomando la fresca".

No solía hacer mucho caso de quien pasaba; algunos solo saludaban; otros se quedaban a charlar un ratito con los que tomaban la fresca. Aquella tarde, mientras me acercaba a mi presa, entró en mi campo visual la figura del tío barbudo y melenudo, el que me había cruzado al mediodía. Y eso hizo que detuviera mi avance, aunque sin intención de abandonarlo. Sin embargo, sí que lo hice porque no solo se detuvo con los que estaban sentados, sino que estos se levantaron y todos se saludaron efusivamente. De repente, la lagartija de tripa verde se me volatilizó: mi sorpresa por la reacción de los de la fresca se convirtió en enorme curiosidad. Así que me acerqué y me senté en la pared de la huerta, a unos seis o siete metros del corrillo que se había formado.

Cuando un chico observa interesado una escena piensa a enorme velocidad. Desde luego, el barbas se me había quedado grabado, tanto por la pinta que tenía como por su desconcertante guiño. Como él se encontraba de espaldas en animada charla, me moví cruzando la calle para verle de frente. Entre los diversos pelos de la melena, el bigote y la barba aparecía una sonrisa blanca que me cautivó.

En los pueblos hay muchos entreparientes, todo muy confuso para un niño. Por eso, cuando te dan indicaciones para que sepas quién es alguien te lían aún más con aquello de "Sí, hombre, lo tienes que conocer -por supuesto, no lo conoces-; este es el mediano de la Petra, que se casó con un chico -puede tener sesenta años ya- de la señora Demetria, la madre de los "Mogolos"... ¿No te acuerdas? Pues que tonto estás... ¿Te acuerdas del "Perrico sentao"? -le llamaban así porque era pequeño de estatura, casi no había mala leche. - Pues primos "dél".

En todo caso, el barbas debía ser pariente aunque no sé en qué grado. Y, a pesar de las pintas, resultó un tipo de lo más simpático y agradable. A partir de ahí lo vi muchas más veces aunque de manera discontinua. Sus padres eran ambos del pueblo pero antes de casarse ya se habían ido a la capital, cada uno por su cuenta. El padre se hizo guardia civil de joven. Y el chico, también. Pero este era de los secretas y estaba destinado en Bilbao. Recuerdo a su madre haciendo gorros de lana y bufandas largas con lauburus, la primera vez que los vi. Eran para el hijo barbudo. Parte del disfraz en Bilbao.

De esta manera conocí que ETA existía y que había guardias civiles que no solían vestir uniforme y que tenían familia y sonrisa; y pintas raras.

Argako urretxindorra

viernes, 31 de agosto de 2012

La historia de Iosu Uribetxebarria Bolinaga, el «Boli».




El "Boli"
 Aviso:
Los comentarios no se censuran.
Beramendi no comenta los comentarios.
Cualquier contenido de cualquier entrada puede ser utilizado por cualquiera como guste. Ni "copirrais" ni chorradas de esas.

Estatus irónico: NADA - UN POCO - BASTANTE - MOGOLLÓN



Iosu Uribetxebarria Bolinaga, el "Boli"
El «Boli» es un señor al que metieron en la cárcel. Por cuatro naderías, el español sistema corrupto de injusticia le sacudió al muchacho, nada más y nada menos, que 313 años de reclusión. Que sí, que ya se sabe, que eso es solo para impresionar, y que en realidad, se queda en 25 o 30 años. Pero, por cuatro tonterías, eso sigue siendo una barbaridad. Ya se sabe: como es vasco, el estado español se ensaña con él.

                Al bueno del «Boli» lo detuvieron en junio de 1997. A él y a unos amigos de la cuadrilla. Y aquí se ve la crueldad del estado español para con los valientes «gudaris» vascos. El 17 de enero de 1996, el «Boli» y los «jatorras» habían acogido a un carcelero español, un tal Ortega Lara. Le mantuvieron a sus expensas, en un casoplón de lujo, a cuerpo de rey. Y eso que era un consumado carcelero y español. Tenía sus propias dependencias para su uso y disfrute exclusivo y tres miembros del personal de servicio para atenderle día y noche. No había capricho del carcelero español que no le fuese conseguido inmediatamente. Y todos los gastos, toditos, a cuenta del «Boli» y su cuadrilla de amigos.

                Bueno, pues van los «txakurras» (perros) pikoletos y lo detienen. Por supuesto, lo torturaron y maltrataron hasta que le obligaron a confesarlo todo. Por eso encontraron al carcelero español. La «txakurrada» y el «Boli» se dirigieron a la mansión en que se encontraba disfrutando de una vida de holganza y diversión el carcelero español, y el «Boli» llamó por el teléfono interno a su invitado para preguntarle si sería tan amable de salir de sus dependencias, que unos amigos habían venido a visitarle. El carcelero español se negó a salir, porque el muy listo, se coscó de que no eran unos amigos sino los «txakurras», que venían a sacarle de su idílica vida actual para devolverlo a su familia y a la vida gris y aburrida de un pobre, pero chungo, carcelero español.

El "Boli" con los amigos en un juicio
                El «Boli», fiel a su intención de proteger la libertad de su invitado, y a sabiendas de lo que a este le esperaba fuera de la hermosa mansión en la que llevaba viviendo a todo plan más de 530 días, se volvió al «txakurra» alfa (perro jefe de la manada) y le dijo, con toda educación: «El señor no les recibirá hoy. Si tienen la amabilidad de salir de la propiedad, yo me pondré en contacto con ustedes, señores “txakurras”, para indicarles cuándo el señor carcelero español desea recibirles».

                Pero los «txakurras», como siempre, fueron muy impertinentes; y se empeñaron en hacer salir del yacusi, en el que en ese momento se relajaba, al carcelero español. El pobre «Boli» nada pudo hacer para impedirlo. Solo guardó un respetuoso, fiel y educado silencio, para que sus palabras no pudieran traicionar el deseo de su invitado de no salir de sus lujosas dependencias.

                Un «txakurra» especialmente prepotente y tozudo, descubrió el resorte que movía las paredes del suntuoso hall que daban paso a las estancias privadas del invitado del «Boli» y sus amigos. El carcelero español no quería salir. Había ganado peso, su piel estaba tersa y suave como nunca antes. La barba, bien arreglada, no ocultaba una expresión de felicidad en sus ojos azules, felicidad que tocaba a su fin por el maldito empeño de los «txakurras».

Ortega Lara, tras las "vacaciones"
                El «Boli» se emocionó al ver a su invitado. Él, valientemente, había guardado fiel silencio sobre su invitado, el carcelero español, con tal de que pudiese continuar con su vida de placeres sin número. A pesar de que le había detenido el aparato represor español, de que le habían sometido a todo tipo de torturas, él no decía ni esta boca es mía. Sabía que tras su detención y la de sus amigos de la cuadrilla, el carcelero español se quedaría sin personal de servicio, y que tendría que proveerse él mismo de todos los placeres con que, ellos, tan dilectamente, le habían estado colmando. Y así, el carcelero español recobró su vida anterior, tan gris y patética. Pero como 532 días de placeres inusitados dan para mucho, ya no fue lo mismo. Pasar del jamón de bellota al pan duro de cada día es muy difícil. De manera que, por obra y gracia de la «txakurrada pikoleta», no se ha rehecho; algo ha cambiado en su naturaleza.

                El «Boli» siempre ha sido un tío de los pies a la cabeza. Por ejemplo, es todo corazón. Él no puede vivir viendo el sufrimiento del prójimo. Su alma, limpia y piadosa, no le permite tener conocimiento de una persona humana que lo está pasando mal y no hacer todo lo que sea necesario para sacarle adelante. Su madre siempre lo ha dicho: «Es que mi Iosu es así. Le pierde lo bueno que es. Todo en mi Iosu es pura sensibilidad para los demás».

Antonio López Martínez-Colmenero, asesinado por el "Boli"
                Y así es; la «amatxo» no exagera ni un ápice. Esa dedicación a los demás, ese amor al prójimo, ese espíritu de servicio le ha llevado a entregar su vida a la causa de la humanidad. El «Boli» estaba —y sigue estando, hoy en día, que no lo ha dejado— especialmente sensibilizado con la ayuda a los «txakurras». Conocía de la penas y tristezas de los miembros de este colectivo, de su sombría vida, de todas aquellas barbaridades que se ven obligados a hacer contra el santo pueblo vasco por orden del opresor estado español. Y no podía resistirlo. Así que, con su cuadrilla de amigos «jatorras», bien imbuídos también del maravilloso corazón del «Boli», buscaban pobres «txakurras» a los que rescatar de su mala vida.

                Uno de los colectivos que más ayuda necesitaba a su juicio era el de los G.A.R., los Grupos Antiterroristas Rurales de la Guardia Civil, porque se habían creado específicamente para reprimir y eliminar a gente como el «Boli» y su cuadrilla. Y además, es que eran eficaces, los muy canallas. Eran capaces de tirarse quince días en el monte, con lluvia, frío o nieve, vigilando de dos en dos, durmiendo a la intemperie y pasando horas y horas tirados sobre la yerba mojada sin dirigirse la palabra. Unos verdaderos «txakurras».

                Un día, el «Boli» y sus amigos de la cuadrilla vieron la oportunidad. Otros amigos de otra cuadrilla de la misma ONG a la que estaba apuntado el «Boli», que se conoce por sus siglas ETA, les habían comentado que una patrulla de estos GAR solía pasar por una carretera secundaria, la que va de Oñate a Legazpia. El «Boli» y su cuadrilla de amigos, que les llamaban comando «Goiherri», se pusieron manos a la obra humanitaria. Esta cuadrilla, los del «Goiherri», eran especialmente sensibles. Se entregaban a la causa de liberar a los desdichados «txakurras» de su innecesaria vida con verdadera pasión solidaria.

Pedro Galnares, asesinado por el "Boli"
                Como los jefes de los «pikolos» se empeñaban en poner trabas a la labor del «Boli» y sus amigos de la ONG, tuvieron que empeñarse a fondo. La patrulla era numerosa en efectivos, lo que llenó de alegría a sus benefactores. Podrían hacer el bien de una tacada a muchos. El mejor sistema, dadas las circunstancias, era preparar un buen artefacto que se pudiera hacer estallar a distancia. En su humildad característica, los miembros del «Goiherri» no se hacen presentes en el lugar de la acción humanitaria, porque ellos no quieren vanaglorias ni el reconocimiento público a su labor. Ellos prefieren el anonimato humilde, lo que prueba su valentía y su hombría de bien.

               El «Boli», José María Uribetxebarría Bolinaga, junto con Xabier Ugarte Villar, José Luis Erostegui Bidaguren, José Miguel Gaztelu Ochandorena y Sabino Usandizaga Galarraga, se curraron el asunto. Los jefes «txakurras» se empeñaban, como he dicho, en impedir que estos benefactores llevaran a cabo sus caridades. Por ejemplo, intentaban que los explosivos no funcionaran a distancia.

                Los chicos de la ONG se pusieron a la tarea de encontrar cuál sería la mejor manera de colocar el artefacto. Buscaron un buen lugar, lo más protegido posible de las contramedidas «txakurras», un lugar que estuviese también oculto a miradas indiscretas y que, al propio tiempo, produjera un mayor impacto. Difícil de conciliar todas estas necesidades. Por eso digo que se lo curraron. Y lo consiguieron. Encontraron un sitio magnífico. En la misma cuneta de la carretera, había un pretil medio escondido entre matorrales en el que se podía adosar un «hornillo». Además, cumplía otro requisito: se le podía hacer detonar desde casi 500 metros de distancia sin cable. Y aquel sitio se podía vigilar muy bien desde un escondrijo para apretar el botón en el momento preciso.

Se pusieron al trabajo de confección del «hornillo». Fabricaron una caja grande de acero laminado, pusieron 20 kilos de Goma 2 y 10 kilos de metralla, para asegurarse el éxito. Colocaron el aparato receptor de radio y el iniciador. Después, se desplazaron al lugar elegido, adosaron el «hornillo» al pretil y se dieron el piro.

Erostegui
José Luis Erostegui fue el afortunado encargado de darle al botón. Allá estaban, escondidos, con los ojos fijos en la parte de la carretera que, desde el escondrijo, les permitía ver la llegada del convoy, a cierta distancia todavía del lugar de la explosión. El «Boli» y los demás estaban nerviosos. Con un poco de suerte, su acción humanitaria sería de gran calado porque el convoy estaba compuesto de cuatro vehículos y de 14 «txakurras», nada menos. Hombre, en estas cosas, siempre interviene el factor suerte. El «Boli» y sus amigos del «Goiherri» sabían que el mayor o menor éxito dependía de varias cosas. Que las ondas de radio no recibieran interferencias; que los coches no guardaran demasiada distancia entre sí; que no estuvieran muy blindados. Aunque esto último, como ya conocían que los GAR utilizaban, al menos, semi-blindajes, estaba bastante asegurado porque no se habían quedado cortos ni con el explosivo ni con la metralla: 30 kilos en total.

Erostegui fue el primero en darse cuenta. Con el mando en la mano, sonrió y puso el dedo pulgar sobre el botón. En un minuto, habría llegado el momento. Pero le traicionó un poco la emoción. Se adelantó. En cuanto el primer vehículo de la «txakurrada» llegó a la altura del «hornillo» se le fue el dedo. La explosión fue impresionante. Lanzó el todo-terreno semiblindado a 10 metros de distancia. Si hubiera esperado unos segundos, se habría llevado por delante por lo menos a los dos de enmedio. El «Boli», por ejemplo, siempre se ha arrepentido mucho de esta acción porque, pudiéndose haber llevado por delante a seis u ocho «txakurras» tranquilamente, solo mataron a dos. Prueba de ello es que dejaron en estado crítico a dos más y heridos de diversa gravedad a otros diez. O sea, que los 14 «txakurras» resultaron tocados. Si Erostegui hubiese esperado unos segundos…

Ya digo, el bueno del «Boli» está arrepentidísimo de su falta de eficacia. Con lo bien que les podía haber salido, la cosa se quedó en dos muertos nada más. No creo que él, ahora, se acuerde de los detalles, pero yo sí. Uno de los redimidos para siempre era un cabo primero: Antonio Ángel López Martínez-Colmenero. Estaba casado y tenía una niña de 9 años. Pero estas son cosas que al «Boli» no le importan. El bien está por encima de todas estas tonterías. El otro muerto por su entusiasta entrega a las causas más humanas fue Pedro Galnares Barrera, que tenía 26 años y estaba esperando un niño. Detalles, a fin de cuentas.

Al «Boli», esto de hacer el bien y no mirar a quién, le venía de siempre. Que ya lo dice su «amatxo»: «Mi Iosu siempre ha tenido un corazón de oro». Y es que es así. En 1983, el muchacho ya estaba integrado en la ONG, en ETA. Por entonces pertenecía a otro grupito, el «Txantxangorri». Como se ve por el nombre, la naturaleza bucólica, lírica; la sensibilidad más honda han sido siempre las guías en las vidas de estos chicos. «Txantxangorri»… “petirrojo”. ¡Qué hermoso!

Gaztelu Ochandorena
En el petirrojo estaban algunos de sus amigos, Erostegui y Gaztelu Ochandorena. Los tres formaban el grupo filantrópico. Los tres son auténticos ángeles. Estaban una noche de invierno, allá por diciembre del 85, en el pueblo, en Mondragón. Aquella madrugada del viernes, día 6, había un coche aparcado en la estación vieja. Dentro, un guardia civil de paisano. Algunos han contado que se lo encontraron sin querer, pero yo no me lo termino de creer. Me parece que lo tenían controlado por algunos detalles. Por ejemplo, que no son horas de andar por ahí sin más, los tres que forman el comando juntos, a la una de la madrugada; a menos que estés celebrando la Constitución Española, que todo puede ser. Y que tampoco sueles llevar en el bolsillo las capuchas de hacer el bien si no sabes que lo vas a hacer. Sea como fuere, el caso es que, en teniendo al «txakurra» a la vista, se calzaron las capuchas, sacaron las pistolas y le descerrajaron siete tiros a bocajarro. Lo hicieron bien porque de los siete le alcanzaron seis. Total, que el hombre murió casi en el acto; y ellos, en su bendita humildad, como siempre, queriendo guardar el anonimato de sus humanitarias acciones, se montaron en un Renault 5 y se largaron inmediatamente. El muerto de 29 años se llamaba Mario Leal Baquero, de Avilés, y tenía una niña pequeñita, Beatriz. Pero ya digo que estos detalles no le incumben al bueno del «Boli».
Manuel Leal, asesinado por el "Boli"

Iosu Uribetxebarria Bolinaga, el «Boli», también participó en el secuestro de Julio Iglesias Zamora, por lo que las huestes represoras españolas le sacudieron otros 14 años de prisión. En definitiva, y para que quede claro, que al «Boli» los rastreros jueces españoles le han metido más de 313 años de cárcel por nada.

En la prisión, el «Boli» no es de hacer muchos amigos. Se desenvuelve en el ambiente cerrado de sus colegas de ONG, ETA. Sí que se da algún garbeo por el patio con otros presos, pero tienen que ser muy especiales porque la «amatxo» le enseñó de pequeño a seleccionar bien las compañías. Recuerdo una foto antigua publicada por el diario El Mundo en la que aparecía paseando con otros tres presos por el patio de la prisión de A Lama, en Pontevedra. Uno de ellos, no sé quién es. Los otros dos son Iñaki Recarte Ibarra, miembro de ETA, posteriormente arrepentido; y Mohamed Amine Akli, terrorista islámico detenido por pertenencia a una célula que intentó volar la Audiencia Nacional. Lo del compañero Recarte, todavía le está picando al «Boli», sobre todo teniendo en cuenta que él es uno de los «durillos» del club del «mako».

El "Boli", el primero por la izquierda, con los amigos. Foto de El Mundo
El «Boli» nunca se ha arrepentido de nada de lo suyo. Normal, cuando uno tiene la conciencia tranquila. Ahora, al pobrecillo se le ha reproducido el tumor, esta vez metastático. Ya le habían extirpado uno hace años. Pero parece que de esta se muere, o eso dicen algunos médicos —otros no—. Así que no hay derecho a que lo tengan en la cárcel. No es digno ni humano. Aunque no se tenga en cuenta sus muchos frutos que su vida ha dado, para bien de tantos. Y, si no, ahí están las manifestaciones del pueblo soberano en favor de su excarcelación. Ahí están las huelgas de hambre de sus compañeros de la ONG a la que sigue perteneciendo. Ahí está su propio testimonio de paz, de amor y de entrega a los demás. ¿Qué más pruebas se necesitan para que el estado opresor, el español, y su patulea de jueces con sus leyes extranjeras tomen la decisión digna y humana que este asunto reclama a gritos?

Por suerte para el mundo entero, así lo ha entendido el Gobierno del PP. Y así parece haberlo entendido el juez español. Recuerdo cuando el señor Ministro del Interior salió a la palestra para explicarnos algo, que por otra parte, no necesita de explicación alguna. Este señor, Fernández, puso esa cara de perro bulldog con ademanes de sargento chusquero de la Legión en tiempos de Millán Astray, y nos informó a todos, como si fuésemos tontos de artesanía, de que el Gobierno está para aplicar la ley, guste o no. Pero si ya lo sabemos, señor Ministro del Interior del Gobierno del PP. No solo lo sabemos sino que estamos deseando todos que el «Boli» salga a la calle de una vez. Que por cuatro tonterías lleva demasiados años en la cárcel. No, señor Ministro del Interior del Gobierno del PP, no se crea que están haciendo nada que no debieran haber hecho mucho antes. Iosu, etxera! ¡Iosu, a casa!

El señor Ministro, "explicándose"
Y no hace falta que se justifique acudiendo a esa figura tan espantosa como es la prevaricación. Los muertos al hoyo y el vivo al bollo. Así que, mientras esté vivo, deje que el «Boli» se dedique al bollo. Todo aquello ya pasó. Hay que perdonar. Que, puestos a perdonar, que me parece estupendo, no entiendo por qué no se le perdonó desde un principio. Porque esto del perdón, a veces sí y a veces no, es poco comprensible, señor Ministro del Interior del Gobierno del PP. O se perdona o no se perdona. Si hay que perdonar, hay que perdonar. Un juicio debería ser un acto en el que víctima y asesino se perdonasen mutuamente ­—porque algo habrá hecho la víctima también, seguro—. Es más, que no entiendo por qué las leyes no obligan a perdonar, cuando es algo completamente humano. No se puede uno vengar y, mucho menos, el estado. ¡Qué distinto sería el mundo si todos perdonásemos inmediatamente! ¡Qué sencillo sería el Código Penal con una sola ley! ¡Qué país tan progresista y maravilloso tendríamos si la única ley del Código fuese: «En el acto del juicio, el presidente de la sala informará a las partes de la obligación legal que tienen de perdonarse unas a otras, y a estas se les tomará juramento o promesa, según gusten, de que han perdonado de corazón».

Pero reconozco que las cárceles deberían seguir existiendo. Para aquellos que no perdonaran en el juicio o para aquellos que, mintiendo, después se tomaran la justicia por su mano. Seguro que las supuestas víctimas caerían en ese acto criminal. Así que tendría que haber una ley más para este tipo de casos, que mala gente, la hay. No el «Boli» y sus colegas: los otros, los despanzurrados.

Fenández en otra alocución
No entiendo su comparecencia, señor Fernández. Que todo estaba muy claro. Y que sepa usted que nadie hemos pensado que las huelgas de hambre de los compañeros del «Boli» o la campaña de manifestaciones organizada por el pueblo para pedir su liberación han sido un chantaje o medidas de presión contra usted. Para nada. Por eso mismo, entendemos perfectamente que la aplicación de la ley no podía detenerse ante estas circunstancias. Ningún gobierno pierde la dignidad ni se la hace perder a los ciudadanos por hacer caso a una campaña de este tipo. Si hubiese sido de verdad un chantaje o una medida de presión contra el estado, sí que habríamos entendido que usted hubiera ordenado a sus subalternos de Instituciones Penitenciarias suspender el proceso de concesión del tercer grado al «Boli» sine die, hasta que hubiesen dejado de presionarles y chantajearle. Pero como no ha habido nada de esto, como los presos de ETA se han puesto coincidentemente a dieta; como los grupos pro-amnistía han salido a pasear porque hacía muy buen tiempo, canturrendo alegres melodías, pues no tiene usted nada que ordenar, señor Ministro del Interior del Gobierno del PP.

Y a todos estos que hacen declaraciones en contra de su decisión, señor Fernández, a ver si les aplica un poco de mano dura. Que con eso de la libertad de expresión estamos llegando a unos límites intolerables. Ya está bien, tanta víctima y tanta tontería. Que son mala gente, que no perdonan. Que son inhumanos e indignos.

Parece que al pobre y entrañable «Boli» le va llegando la hora, como les llegó a Pedro, a Mario y a Antonio por su mano. No creo que se encuentren allá arriba, en el cielo. Pero nunca se sabe. Lo cierto es que el «Boli» no ha perdonado a nadie, ni siquiera ha perdonado a sus víctimas. Él sigue en sus trece. La dignidad del «Boli», que nunca la tuvo, no ha aparecido en sus últimas etapas de vida. Sigue siendo tan indigno, o quizá más, que cuando se dedicó a matar y a torturar a sus secuestrados. Y su humanidad es una vergüenza para la humanidad. Un pequeño asesino en serie que, por él, habría sido mucho más asesino. No encuentro ni una sola razón que me haga ver que la decisión del Gobierno del PP de conceder el tercer grado a esta víbora pestilente tenga la más mínima dignidad. No sé cuál es la base jurídica y, mucho menos, social y antropológica para que semejante alimaña no cumpla todos los años que le cayeron, justamente, por sus crímenes.

En esto soy muy ecologista: no deberíamos intervenir contra los designios de la naturaleza, porque el ecosistema se jode. Si la salud del «Boli» ha dicho basta, que no lo sé, pues que siga su curso, como a todos nos va a suceder. ¿Cuál es la diferencia de dignidad entre que un asesino irreductible se muera en un hospital de la Seguridad Social vasca o en el hospital penitenciario? Y, ¿quién es el digno aquí? ¿El «Boli» o el estado? Con permiso del mentiroso Ministro del Interior del Gobierno del PP, ni uno ni otro. Y digo que es un mentiroso porque la ley no exige su puesta en libertad (artículo 104.4 del RD 190/1996); y es un mentiroso porque no hay la más mínima dignidad en su decisión; y es un mentiroso porque no había prevaricación posible, dado que los miembros del gobierno ni son jueces ni son funcionarios públicos, a los únicos que atañe esta figura de la prevaricación. Son meras excusas por elevación, señor Fernández.

Es más, y para terminar: tengo la convicción de que, bajo cuerda, en las alcantarillas del Gobierno y del propio Partido Popular, hay cosas muy malolientes y asquerosas. Y, aunque el tema de ETA es el que me ocupa ahora, no es el único asunto pestilente en este gobierno y en este partido, que tiempo habrá de comentarlo públicamente. Por adelantar algo: el vegonzoso e insoportable comportamiento del PP valenciano.

El "Boli" en el banquillo, profundamente conmovido
          No tengo ningún problema en afirmar que estoy convencido de que los poceros de esas alcantarillas están en pleno trabajo, oscuro y terrible, con los detritus etarras. Algo se barrunta en el doble descabezamiento del PP vasco, el de Carlos Iturgáiz, primero, y el de María San Gil poco después. algo se barrunta en la destitución fulminante de Noclás Redondo Terreros, tan pronto como se acercó al PP de Mayor Oreja. Algo se barrunta en la forzada unión legislativa con el PSE-PSOE, cuyo presidente, Patxi López, no puede soportar al PP –recuerden el incidente que protagonizó cuando Rajoy acudió a la capilla ardiente del militante socialista asesinado por ETA, Isaías Carrasco— y, en el seno de cuyo partido, se ha llevado a cabo la negociación más larga y más profunda con ETA. Algo se barrunta, cuando ya en febrero de este año el Ministro del Ministerio del Interior del Gobierno del PP tuvo rectificar sus declaraciones en la prensa extranjera y desmentir, con cara de bulldog, como siempre, a la propia prensa española que hablaba de un posible acuerdo con ETA. Algo se barrunta cuando Mayor Oreja, lanza graves acusaciones contra el gobierno de su propio partido y rápidamente salen otros a reprenderle.

El caso del «Boli», que es paradigmático, es solo uno más. En palabras del Diálogo de Marcelo, en Hamlet, «Something is rotten in the state of Denmark» (“Algo está podrido en el estado de Dinamarca”). Y en el de España.

Argako urretxindorra